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Misceláneas de vida

Publicado: 7 enero, 2012 en Ciencia, Política
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[Texto que será publicado el 16 de enero del 2012 en el segundo número de la Revista El Lazo]

La debilidad de espíritu producida por la difusión del saber reclama tutela, incluso si quienes abusan políticamente de ella le inyectan independencia y odio hacia cualquier clase de guía. Si el propio cordón sanitario contrae la peste, la ciudad está perdida.
(Kraus, 1912: 85)

PRELUDIO

En 1931, la entonces Liga de las Naciones enmarcada dentro de la Comisión Permanente para la Literatura y las Artes, encargó al Instituto Internacional de Cooperación Intelectual que organizara un intercambio epistolar entre los intelectuales más representativos de aquellos años. Dicho intercambio versaría sobre los temas que en ese momento pudieran prefigurar como de importancia mayor y cuya meta fuese “servir a los intereses comunes de la Liga de las Naciones y de la vida intelectual” (Strachey, 1964: 181); para ello, se irían compilando las diversas cartas en publicaciones editadas en distintos idiomas para estar al alcance de la sociedad en general. Albert Einstein fue una de las primeras personalidades a las que el Instituto eligió para conformar uno de estos coloquios y, a su vez, el prominente físico fue quien convocó a Sigmund Freud como su interlocutor para éste ejercicio. Así, en su carta del 30 de julio de 1932, Einstein compone algunas cuartillas a la luz de una nada trivial preocupación que lo mantenía ciertamente acongojado: “¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?” (Einstein, 1932: 183). Inquietud que dirigida a Freud bajo la forma de pregunta, buscaba más bien esa respuesta que la ciencia física no podía brindarle.

Siete años después, pero ahora en un 2 de agosto, Albert Einstein es de nuevo el remitente de otra carta no tan famosa pero de mucho mayor consecuencia para la humanidad; ésta vez, en cambio, el destinatario no fue aquel estudioso de «la vida pulsional del hombre» sino el entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Lo que motivó a Einstein para enviar semejante escrito fue, en palabras del propio físico, el deber que lo empujaba a no sólo advertir al presidente de aquella nación sobre las investigaciones atómicas que los nazis estaban realizando en aquel momento; sino también a incitarlo a concebir la necesidad de invertir más fondos, tanto públicos como privados, en investigaciones nucleares dentro de los laboratorios de los Estados Unidos, es decir, dentro de sus universidades.

Albert Einstein

Albert Einstein

Ésta carta a la que hago mención bien puede figurar el preludio de la carrera Heisenberg vs. Oppenheimer; célebre pugna cuya conclusión, de entre muchas otras cosas, hizo entrar a éste último en la oficina de Harry Truman a expresar empapado en culpa: “Siento que mis manos están manchadas de sangre” (Galeano, 2008: 286; énfasis en el original). Así, fue la conjunción de éste incidente junto con algunos otros más conocidos, los que tuvieron a bien el desterrar a la física del lugar prominente que tenía en el teatro del progreso científico puesto que, al parecer, ésta disciplina se convirtió en la insignia que estrechaba a la ciencia con la muerte; tan fue así que la posterior Guerra Fría, hervidero cuya frialdad gustaba solamente de producir muertos en los países del margen -pensemos en América del Sur y Europa Oriental principalmente-, utilizó hasta las cocinas de las “amas de casa” como una de las diagonales para el libre paso de sus alfiles (Oldenziel & Zachmann, 2009). Sin embargo, el espacio que había dejado el ostracismo de la física no podía por mucho tiempo permanecer gozando de su vacuidad, la biología pronto se erigió en ese lugar asaz requerido; pues qué mejor forma de evitar todos lo dilemas éticos envueltos en la experimentación con humanos que ocupando con biólogos y genetistas ese enorme laboratorio en el que se convirtió el Japón después de las bombas; actuación no sólo de la mayor corrección política, sino que ayudaría a limpiar la mancha de sangre en la que se bañaba el quehacer científico con el detergente de una nueva promesa en el horizonte: la ciencia por la salud.

Pensemos por un momento en el significado profundo que sustenta éste razonamiento. Si la física nuclear pudo causar los estragos que hasta la fecha se siguen padeciendo en las regiones afectadas por la radiación de las bombas; es solamente una reafirmación de la vida la que puede hacer frente a ese halo de muerte impregnado en la ciencia. Sólo así adquiere más sentido que la nueva apología de la salud sea comandada por el caballero de las ciencias médicas. Sin embargo, hay un grave error en éste razonamiento. En efecto, puede ser válido pensar que así cómo la vida adquiere sentido sólo desde la muerte, la salud se encuentra en relación opuesta con la enfermedad (al menos en el modelo biomédico); sin embargo, la confusión se hace presente cuando se cruzan ambas proposiciones: podría ser que exista una relación entre la enfermedad y la muerte, pero no necesariamente existe una relación entre las ciencias de la salud y la vida. Me explico.

SOBRE LAS CIENCIAS MÉDICAS

Es generalmente aceptado que la medicina moderna comienza a finales del siglo XVIII, principalmente con los desarrollos de Morgagni y Bichat. Y esto es así porque, bueno…

Hasta la mitad del siglo XVIII nadie salía del hospital. Se ingresaba en estas instituciones para morir. La técnica médica del siglo XVIII no permitía al individuo hospitalizado abandonar la institución en vida. El hospital representaba un claustro para morir, era un verdadero “mortuorio” (Foucault, 1974a: 51).

Esto resulta de mucho más interés cuando se cae en la cuenta de que la primer forma en la que se materializó la preocupación del Estado por la salud de sus habitantes, se encuentra justamente a comienzos de éste siglo XVIII con la “medicina de Estado” desarrollada en Alemania (Foucault, 1974b: 63). Y entonces, si se acepta que tres de las características principales de éste fenómeno conocido como medicalización son (Foucault, 1974a: 53 – 54):

  1. Que la medicina responde a otro motivo que no es la demanda del enfermo (cosa que sólo acontece en casos más bien limitados), y que con mucha más frecuencia la medicina se impone al individuo, enfermo o no, como acto de autoridad;
  2. que el espacio de objetos de la intervención médica no se refiere solamente a las enfermedades, sino que se incluyen también otros ámbitos en su quehacer (el espacio de la sexualidad es el ejemplo paradigmático; aunque también entran los espacios físicos: cuestiones relativas al aire, al agua, las construcciones, los terrenos, los desagües, etcétera); y
  3. que se introduce un nuevo aparato de medicalización colectiva, a saber, el hospital.

Se puede empezar a ver que no existe una tan estrecha relación entre la vida y las ciencias médicas; sobre todo porque el objetivo de esa forma que la salud adquiere al emanar de la medicalización no es el de curar, sino el de construir un cerco sanitario alrededor de la enfermedad; dicho de otra forma, la medicalización es sólo una forma de administrar el cuerpo de los enfermos. Por ejemplo, los Health Service ingleses implantados a finales del siglo XIX, y que son el antecedente directo de nuestros servicios de salud, son más bien una expresión más del «control médico ejercido sobre de la población», es decir: “una medicina que consiste esencialmente en un control de la salud y el cuerpo de las clases más necesitadas, para que [sean] más aptas para el trabajo y menos peligrosas para las clases adineradas” (Foucault, 1974b: 75).

Siendo así, no resulta para nada extraño que los datos duros, resultado estos del análisis estadístico que realiza Charles Levinson sobre la producción de salud en Estados Unidos en 1964, mostraran que “el nivel de consumo médico y el nivel de salud no guardan relación directa” (Foucault, 1974a: 58); lo que no quiere decir sino que, por ejemplo, el aumento en los ingresos familiares de la población disminuye la tasa de mortalidad dos veces más que el consumo de medicamentos o, más importante aun, que “la educación actúa sobre el nivel de vida en una proporción dos veces y media mayor que el consumo médico” (Ibíd.: 58).

Michel Foucault

Michel Foucault

Aun así, siempre se puede apelar a lo ilusorio del progreso científico para desestimar lo anterior; y por la ilusión me estoy refiriendo a esa imagen que nos presenta una linealidad con una tendencia asintótica hacia la verdad. Sin embargo, desde Kuhn se volvió famosa la tesis que sostiene que una perspectiva histórica de la ciencia presenta una visión muy diferente del progreso; en el campo que ahora me compete, por ejemplo, lo podemos observar en el hecho de que la asepsia sólo fue descubierta tiempo después de que la anestesia posibilitara cirugías en seres humanos; la penicilina, que siempre se presenta como el gran salto de la medicina, tuvo como consecuencia una disminución en el umbral sensible del organismo frente a agentes agresores; si me pongo un poco más ásperos, puedo mencionar también el ejemplo paradigmático de la talidomida en los años sesenta o todas las querelles envueltas en las actuales vacunas contra el VPH (para más ejemplos, ver: Illich, 1975). Algunas veces, como bien afirma Kraus, la marcha del progreso “sostiene el mismo paso de la muerte” (Kraus, 1912: 85).

El trecho que dibuja ésta línea de pensamiento desemboca casi inevitablemente en la Casa Blanca, específicamente en aquel verano del año 2000 cuando Bill Clinton celebraba el presupuesto aprobado de 3 mil millones de dólares para el Proyecto del Genoma Humano: «revolucionará el diagnóstico, la prevención y el tratamiento de la mayoría, si no es que de todas, las enfermedades humanas” (citado en: Hall, 2010; traducción libre). Declaración digna de llamar la atención, sobre todo cuando se pone en relación con la afirmación que él mismo hace un año antes: “La enfermedad mental puede ser diagnosticada con certeza y ser tratada exitosamente como cualquier enfermedad física” (citado en: Szasz, 2011: 179; traducción libre). Todo lo cual me lleva también a cuestionar los hábitos de lectura del señor, y esto es así porque su discurso está basado en la promesa de Francis S. Collins de una medicina genómica personalizada; promesa que hasta la fecha, sin embargo, no sólo no ha sido cumplida, sino que lejos está aun de siquiera vislumbrarse como posible -tomando en consideración sólo el campo de la enfermedad física- (la medicina genómica, a pesar de presentarse como una de las mejores herramientas que se derivan de la punta de lanza biotecnológica, tiene en el núcleo mismo de su método grandes lagunas que implican, de principio, la imposibilidad de generar datos objetivos y robustos -si se cierne solamente sobre su campo-; esto debido a que las inferencias estadísticas que se pueden realizar son sólo a partir de los datos arrojados por los estudios de variables subrogadas -las cuales son el reflejo del desconocimiento que permea a toda pesquisa involucrada en las enfermedades que presentan mayor importancia en la actualidad (los remito al excelente artículo de (Arroyo, 2011) para profundizar más en estos menesteres).

Pero bueno, todo lo anterior no le importó ni tantito a un Felipe Calderón que, con toda la estruendosa artificialidad de las fanfarrias y tras una espera de cuatro años, utilizó en el 2009 la promesa en versión refrito de una medicina personalizada para enriquecer su teatro; pero claro, ésta vez no se hacía referencia a cualquier tipo de medicina genómica sino a una centrada en las características del mestizo mexicano (donde resulta alarmante que muy pocos sacaron a colación lo racista de la propuesta). Como cabría esperar, Calderón sostuvo lo anterior con base en la culminación de la lectura del mapa genómico de los mexicanos -cosa interesante puesto que, de principio, éste “artículo científico relativamente menor hecho por un pequeño grupo de investigadores, no muy conocidos” (López & Vergara, 2011: 99) fue adjetivado solamente bajo el apelativo de un «primer bosquejo»; y bueno, más allá de las categorías de libro de texto básico que fueron utilizadas en el estudio, la nula meditación y fundamentación que se realizó sobre el muestreo, las gravísimas faltas cometidas en lo que a método se refiere, etcétera (ver: López, 2011); es concebible que de los 252 millones de pesos que en el 2009 se le otorgaran como presupuesto al Instituto Nacional de Medicina Genómica; al año siguiente se le haya recortado hasta cercar los 120 millones (Bonfil, 2009). Sin embargo, más allá de la nimiedad de los resultados prácticos obtenidos, nada de esto impide que el Proyecto del Genoma Humano sea económicamente viable (se calcula que sus beneficios directos e indirectos a diez años ascienden a 796 mil millones de dólares (Battelle Techology Partership Practice, 2011)). Y así, el factor económico que hizo las veces de trampolín de la medicina del siglo XVIII; al parecer ahora se ha vuelto un fin en sí mismo, al menos en lo que respecta al susodicho Proyecto y a la industria farmacéutica que gusta en pegársele.

Una de las luminarias que resplandece en el centro de todo éste desarrollo es nada más y nada menos que el biólogo de formación y emprendedor de profesión Craig Venter (sí, aquél que fue galardonado con el premio de la Lady Gaga de la ciencia (Horgan, 2010)). Sus más que conocidas artimañas mediáticas han ido desde descodificar su propio código genético hasta lograr, hace un par de años, construir una especie viviente nueva y artificial en su laboratorio (aunque lo de “nueva” no es completamente correcto; más cercano a la realidad sería describirla no como una creación, afirma Mark Bedau, sino como una recreación de una forma de vida preexistente -sigue siendo imposible generar vida desde componentes no vivos- (citado en: Ibíd.)). Aun así, algunas voces se alzaron por sobre los hechos y pregonaron que, más allá de todo misticismo, el misterio de la vida había sido resuelto (Caplan, 2010). Horgan, en el artículo antes citado, hace bien en mostrar que no es cierto semejante alboroto y, por consiguiente, que el enigma de la vida sigue ocultándose del quehacer epistémico de la ciencia; llega incluso a afirmar que el problema sobre el origen de la vida, a la luz de los desarrollos actuales, es aun más escabroso de como se llegó presentar hace algunas décadas.

CODA

El epígrafe con el que coroné el presente texto proviene de uno de los escritos que Karl Kraus publicó en Die Fackel, específicamente en el número 354 que vio la luz en el mes de julio de hace exactamente cien años (1912); lo llamó Los hijos de la época. La casualidad no azarosa de encontrarme ahí con dos reseñas sumamente atinentes para lo que ahora trabajo no pudo más que provocarme una grata carcajada. La primera de ellas, y más hilarante que otra cosa, responde a lo que un tal Robert Michels, profesor de la Universidad de Turín, presentó como su tesis a defender en las últimas sesiones del Congreso Eugenésico llevado a cabo en Londres. En aquel momento él quiso demostrar que el éxito de los políticos y de los dirigentes de partidos está en relación con su aspecto externo; para lograr lo anterior utilizó un razonamiento harto infalible, a saber: «Los más destacados de nuestros dirigentes italianos son todos hombres muy bellos»; y así, para abonar más pruebas a su tesis, comienza por apreciar cual esteta los «ojos maravillosos» de uno de los políticos ingleses, la «noble belleza» de otro y la «magnífica figura» de uno más; todo a la luz de las directrices de la nueva ciencia. La otra de las crónicas que llamó mi atención, y es una mucho más atinente al espíritu del presente escrito, es una reseñan cuyo nombre versa Fabricación artificial de la vida. Como se podrán imaginar, ahí se describe «la absoluta convicción» del profesor Loeb quien, con base en los grandes avances científicos de aquella época (como lo fue la fecundación artificial de óvulos), afirma «que la Biología logrará en una época no demasiado lejana aclarar por completo el misterio de la vida y producir la sustancia vital de modo completamente artificial». Al parecer, ni algunos científicos actuales ni aquellos otros que vivieron hace un siglo leyeron bien a Kant, sobre todo las observaciones a la demostración que hace de la segunda ley de la mecánica -contenidas en la tercer proposición de los Fundamentos Metafísicos de la Mecánica (en sus Primeros principios metafísicos de la ciencia de la naturaleza).

Como se podrá observar, la vida resulta ser una de esas marañas que enredan en su meollo dos formas de pensamiento completamente antagónicas: tenemos al discurso científico por un lado (con todas sus epistemologías y positividades); y tenemos al pensamiento mítico por el otro. Sin embargo, el embrollo radica en que el fenómeno de la vida, así como el de la consciencia, es uno que terriblemente se esconde del escudriñar humano; más fácil sería dar cuenta de él tras «la neblina del opio» que bajo los microscopios de la ciencia. Grosso modo, en la actualidad el debate sobre la vida puede percibirse desde el resguardo que representa estar asaz ceñido en una de dos trincheras: aquella que surge como el linaje que se extiende a los aprendices en formación bioquímica y biomédica y que torna a la vida un mero epifenómeno; o aquella otra que desde la biología y sus filósofos la observan más como una propiedad emergente -y por tanto, siendo tal vez el paradigma de lo que implica que un fenómeno sea complejo. Sea cual fuere el camino que se elija, sin embargo, la pulcritud de nuestro velo epistémico no deja entrever más allá de las teorías que generamos; y así, lo evidente queda en suspenso. Es por esto mismo que pareciera más pertinente sumergirse en los aforismos de los Upanishads que en la postura más fuerte que pueda sostenerse sobre emergencia (ver: Dupré, 2010); o, mejor aun, aceptar que ciertas metafísicas envueltas en lo mítico como herramienta epistémica son más atinentes para echar cierta luz sobre éste fabuloso enigma (que trae vuelta de cabeza a todas las ciencias médicas que se ocupan de él).

A pesar de que los supuestos metafísicos representan senderos espinosos para el científico actual, el lector avezado podrá encontrar que es imposible no caminar por estos trechos si lo que se busca es una comprensión que vaya más allá de la insuficiencia con la que es caracterizada cualquier tipo de explicación aséptica (en realidad, éste tipo de supuestos se encuentran en todo desarrollo que digne de llamarse científico). Freud mismo es quien hace notar lo anterior en una parte de la respuesta que escribe a la carta de Einstein y que sirvió de obertura para mi actual reflexión:

Acaso tenga usted la impresión de que nuestras teorías constituyen una suerte de mitología, y en tal caso ni siquiera una mitología alegre. Pero, ¿no desemboca toda ciencia natural en una mitología de ésta índole? ¿Les va a ustedes de otro modo en la física hoy? (Freud, 1933: 194).

La mitología a la que Freud hace referencia es una parte de su «doctrina de las pulsiones»; y él la saca a colación para poder mostrar la teoría que puede ayudarnos a comprender el por qué de la guerra. Pero esto es algo que se escapa a los motivos de mi presente texto; sin embargo, lo escrito ahí funciona como un buen resumen de uno de los nodos freudianos. Para ese entonces, nuestro teórico ya había llegado a la conclusión de que, en la vida anímica, existen dos grandes grupos de pulsiones: Eros y la pulsión de muerte (aquella que “trabaja dentro de todo ser vivo y se afana en producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la materia inanimada” (Ibíd.: 194)); y así afirma: «los fenómenos de la vida surgen de las acciones conjugadas y contrarias de éstas dos clases de pulsiones (las cuales se presentan aleadas, puesto que parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar de manera aislada)» (Ibíd.: 193). La vida, así, no adquiere significación a partir de la muerte como antes había establecido; en vez, la vida misma es el resultado de tendencias conjugadas de vida y destrucción. ¿Cómo puede ser posible que a la vida le sea inherente una pulsión de muerte? Freud contesta a esto con una afirmación tajante: “La meta de toda vida es la muerte” (Freud, 1920: 38; énfasis en el original). Sin embargo, éste «Sol Negro» esconde más lucidez de la que cualquier optimista pueda encontrar en sus cuentos de hadas, el problema es una mera cuestión de enfoques; puesto que más allá de acentuar que toda vida culmina en la muerte (cosa por demás consabida), es mejor preguntarse por qué fue lo que aconteció para que, de lo inorgánico, se pudiera generar una sustancia viva o, mejor aun, qué es lo que desvía a la pulsión de muerte el tiempo que dura una vida. En el tercer apartado del Capítulo VII de La interpretación de los sueños, Freud construye el cimiento mítico de su aparato psíquico y, con ello, concibe lo que hasta la fecha es la mejor teoría de la vida anímica de los seres humanos (y, por tanto, aquélla que debe de dar respuesta a ésta y a muchas otras incógnitas más que siguen desfilando como interrogaciones en las demás disciplinas). En ese apartado, específicamente a partir de la página 557, Freud describe la «naturaleza del desear»; y es ahí donde nos dice no sólo que es un deseo lo único que puede impulsar a trabajar a nuestro aparato anímico, sino que es en la dinámica que se produce por el rodeo que el mundo exterior exige para poder cumplir ese deseo donde se abre paso a la fuerza del pensamiento. La vida, en todo su apremio, no es más que un rodeo que produce el pensar estando al servicio del deseo; huelga decir: inconsciente.

Sigmund Freud

Sigmund Freud

¿Cómo poder, entonces, reducir la complejidad de la vida a un medicamento? ¿Cómo pensar a la enfermedad si no es en relación con el deseo? ¿Cómo captar la esencia de lo humano en la materialización de todo el pensamiento en la química cerebral? ¿Cómo curar si no se escucha el silencioso andar de la pulsión de muerte tras los colores de Eros? ¿Cómo saber si por definición eso no se puede saber? Toda apología de la vida que se preste al discurso reduccionista presente en las ciencias médicas, o a cualquier otro que se venda como un producto consumado, no es más que una degradación del fenómeno de la vida y su inmanente complejidad, aquélla que se evanesce de toda pretensión epistémica.

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