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En efecto, es el tiempo que nos envuelve un momento histórico; y el vértigo de su paso estremece mi sensibilidad incluso tanto como mis más arrebatados amoríos.

Ahora bien, hay al menos tres maneras de conducirnos durante éste ímpetu que ahora nos engulle. La primera de ellas es posicionarse terminantemente en contra de la inercia que brota de las mentes que con ansias buscan cualquier medio para expresar su descontento. La segunda forma, en cambio, implica una militancia por éste nuevo sentido que se yergue frente a la mirada atónita del poder y que, si por mi fuera, vociferaría por encima de las huestes de miseria y barbarie de las que se inunda el marasmo de una forma de vida que no hace sino corroer nuestra existencia. El tercer camino es el más pusilánime de todos. Dejarse arrastrar hasta el más paupérrimo síncope por la intensidad actual sólo mostraría que la vil putrefacción se ha adueñado ya de lo único que nos pertenece: nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Los que caminan por éste último trecho no merecen conocer el aroma del jazmín por las mañanas y, con todo el debido respeto y la elegancia que me es característica: les escupo en la cara.

Las hermosas y sabias palabras con las que Elena Poniatowska nos abrazó el pasado lunes 14 de mayo del presentísimo año 2012 no pueden sino ponernos en guardia. Y bueno, claro está, no por nada tengo tatuado en mi pecho un sol negro muy particular.

Uno de lo más profundos aforismos de Sun Tzu entra perfectamente a colación: «la mejor defensa es el ataque, pero el secreto del ataque está en la defensa» (cito de memoria).

La guerra no es sino el más alto examen que pueda hacérsele a la inteligencia y al vigor de un ser humano; en efecto, la guerra es una de las artes más preciosas y también una de las más complejas. Pero no hay que distraerse, la guerra no implica sólo armas y violaciones, no necesariamente se expresa con soldados cabizbajos y pueblos arrasados; la guerra es siempre y está en todas partes; ahora se esconde tras la metáfora de la información.

“Estamos en guerra, guerra infinita; y la guerra es el infierno” (de nuevo recurro sólo a mi memoria), palabras sensibles de un Bifo que padeció los estragos de la revolución permanente y la cárcel que es siempre su primer y último paso. ¿Cómo enfrentarnos con la guerra? Aquí las cursilerías ingenuas que llaman a la naturaleza bondadosa servirían sólo para ornamentar una diplomacia que, seamos honestos, ha sucumbido ya frente a la torpeza. Recordemos que la diplomacia implica cultura, necesita de gracia y estilo; y es de eso justo de lo que se carece en las afamadas cúpulas de empoderados de débiles nervios.

Pero el punto aquí no es caracterizar el escenario, esa es ya una tarea imposible. El problema radica en que ello es un fundamento necesario desde donde debería de partir toda acción.

(Como siempre, todo esto me ha tomado por sorpresa).

Pero si algo resulta imperante es la real conformación y mantenimiento de un frente común de muchos mundos. Ahora bien, ello es algo que en realidad está surgiendo en la actualidad, es más que patente; pero carece de una forma que lo estructure en su inherente libertad. El contenido lo tiene sin embargo: qué es si no la emoción, la sangre, los gritos a coro, el repudio, la indignación, la camaradería, la cooperación, la solidaridad, el respeto, la rebeldía, la vitalidad, la juventud, el amor, el odio, el movimiento; qué es si no el ruido, la pasión, la euforia, la astucia, el atrevimiento, el rencor, la osadía, la valentía… la humanidad. Sólo hace falta organizar ese chispazo que haga surgir la vida de donde antes había desgano; sólo hace falta dar ese paso que de la auto organización nos lleve a la autonomía.

Desenredemos el caos; nazcamos libres de sus entrañas; devengamos lo que somos.

Pero no hay que olvidar que lo que las redes sociales conforman no dejan de ser masas; y que las masas tienen una lógica que le es propia. Entendámosla entonces; captemos su volatilidad, encaminemos su ciega explosividad, destrocemos su aturdimiento y apacigüemos su ira para poder concentrar toda su potencia. Sólo así podremos realmente dibujar con nuestros cuerpos un mismo movimiento perpetuo que nos aleje de la penumbra de la devastación.

Éste es sólo el preludio del verdadero comienzo.

Por tanto, utilicemos nuestros actos para grabar lo anónimo de nuestros nombres en las paredes de la historia.

Tengamos un instante que relatar con orgullo a quienes nos sucedan.

Pero por favor, que la llama no se extinga ante a las adversidades que ya están entorpeciendo el flujo de las ideas; que el ánimo no ceda frente los estragos que están temiblemente por ocurrir. Éste fuego nuestro es la única luz en el sombrío acontecer del mundo que nos han heredado.

Dejemos que la furia exacerbe nuestra inteligencia; seamos elegantes, dejemos que hierva nuestra sangre.

Indignémonos, es ahora nuestro momento; ya llegará la paz cuando estemos muertos.

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T.