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Si alguien leyó con atención la crónicas ‘oficiales’ que fueron divulgadas en las redes sociales sobre los disturbios y enfrentamientos que se llevaron a cabo este primero de diciembre, creo que no le será muy difícil sacar la siguiente conclusión:

¿Hubo violencia? Fueron los anarquistas. ¿Bombas molotov? Los anarquistas. ¿Pintas y destrozos? Los anarquistas. Los anarquistas. Los anarquistas.

No sé ustedes, pero esto a mí me suena como chivo expiatorio. Veamos bien a bien qué significa esto.

La dinámica del chivo expiatorio puede rastrearse, al menos, en dos culturas antiguas: los griegos y los judíos.

El ritual judío está desarrollado en el capítulo 16 del Levítico. A grandes rasgos, lo que se hacía era elegir dos chivos. El primero de ellos era sacrificado en ofrenda a Yahveh, es decir, era muerto, despellejado, desangrado y quemado. El segundo tenía una historia un poco más atroz. En principio, era simbólicamente cargado con todas las culpas y pecados del pueblo de Israel y era, por tanto, entregado a Azazel. Lo que no significa sino que era abandonado a su suerte en el desierto, previamente, claro está, había sido insultado y golpeado. Este último era el susodicho chivo expiatorio y servía justamente para eso, para expiar los pecados de los hombres (cabe recordar que el pecado siempre se ha pagado con algún tipo de penitencia; claro que es mejor que otro lleve esa carga a cuestas).

En la cultura griega el ritual era un poco diferente. De principio, no eran chivos sino personas las que eran elegidas; eran también dos, pero una representaba a los hombres y la otra a las mujeres. El ritual consistía en encaminarlos a las afueras de la ciudad; trecho que era acompañando, de nuevo, con insultos, golpes (especialmente los genitales eran golpeados con cebollines -no sé por qué-) y pedradas. Una vez en territorio externo, eran lapidados e incinerados. Y voilà, con ello se libraban las tensiones del pueblo.

Ahora, ¿lo está haciendo bien el Gobierno del Distrito Federal? Me parece que no.

De principio no eligió a dos, sino a una muchedumbre (de la cual, seguramente, más de la mitad ni eran anarquistas); lo cual ya es un poco atragantado de su parte (pero bien podemos pensar en la posibilidad de que la cantidad de chivos expiatorios está en relación directa con la gravedad de los pecados). En segunda instancia, si bien los está llevando hacia ‘afuera’ de la ciudad (las cárceles son justamente eso, un espacio alejado de la civilización donde el estatuto de ciudadano se borra); no los ha matado. Igual y golpeado, insultado y torturado sí; pero sin la incineración final el ritual no concluye lógicamente, por tanto no se expían los pecados y, más bien, se vuelve simple y llano divertimento perverso (lo cual elimina toda la sacralidad del proceso).

En definitiva, la buenas costumbres han quedado atrás; y ya sólo contemplamos ese breve resquicio de la pureza que antaño nos elevaba al reino de los cielos.

CarzyGoat

En efecto, es el tiempo que nos envuelve un momento histórico; y el vértigo de su paso estremece mi sensibilidad incluso tanto como mis más arrebatados amoríos.

Ahora bien, hay al menos tres maneras de conducirnos durante éste ímpetu que ahora nos engulle. La primera de ellas es posicionarse terminantemente en contra de la inercia que brota de las mentes que con ansias buscan cualquier medio para expresar su descontento. La segunda forma, en cambio, implica una militancia por éste nuevo sentido que se yergue frente a la mirada atónita del poder y que, si por mi fuera, vociferaría por encima de las huestes de miseria y barbarie de las que se inunda el marasmo de una forma de vida que no hace sino corroer nuestra existencia. El tercer camino es el más pusilánime de todos. Dejarse arrastrar hasta el más paupérrimo síncope por la intensidad actual sólo mostraría que la vil putrefacción se ha adueñado ya de lo único que nos pertenece: nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Los que caminan por éste último trecho no merecen conocer el aroma del jazmín por las mañanas y, con todo el debido respeto y la elegancia que me es característica: les escupo en la cara.

Las hermosas y sabias palabras con las que Elena Poniatowska nos abrazó el pasado lunes 14 de mayo del presentísimo año 2012 no pueden sino ponernos en guardia. Y bueno, claro está, no por nada tengo tatuado en mi pecho un sol negro muy particular.

Uno de lo más profundos aforismos de Sun Tzu entra perfectamente a colación: «la mejor defensa es el ataque, pero el secreto del ataque está en la defensa» (cito de memoria).

La guerra no es sino el más alto examen que pueda hacérsele a la inteligencia y al vigor de un ser humano; en efecto, la guerra es una de las artes más preciosas y también una de las más complejas. Pero no hay que distraerse, la guerra no implica sólo armas y violaciones, no necesariamente se expresa con soldados cabizbajos y pueblos arrasados; la guerra es siempre y está en todas partes; ahora se esconde tras la metáfora de la información.

“Estamos en guerra, guerra infinita; y la guerra es el infierno” (de nuevo recurro sólo a mi memoria), palabras sensibles de un Bifo que padeció los estragos de la revolución permanente y la cárcel que es siempre su primer y último paso. ¿Cómo enfrentarnos con la guerra? Aquí las cursilerías ingenuas que llaman a la naturaleza bondadosa servirían sólo para ornamentar una diplomacia que, seamos honestos, ha sucumbido ya frente a la torpeza. Recordemos que la diplomacia implica cultura, necesita de gracia y estilo; y es de eso justo de lo que se carece en las afamadas cúpulas de empoderados de débiles nervios.

Pero el punto aquí no es caracterizar el escenario, esa es ya una tarea imposible. El problema radica en que ello es un fundamento necesario desde donde debería de partir toda acción.

(Como siempre, todo esto me ha tomado por sorpresa).

Pero si algo resulta imperante es la real conformación y mantenimiento de un frente común de muchos mundos. Ahora bien, ello es algo que en realidad está surgiendo en la actualidad, es más que patente; pero carece de una forma que lo estructure en su inherente libertad. El contenido lo tiene sin embargo: qué es si no la emoción, la sangre, los gritos a coro, el repudio, la indignación, la camaradería, la cooperación, la solidaridad, el respeto, la rebeldía, la vitalidad, la juventud, el amor, el odio, el movimiento; qué es si no el ruido, la pasión, la euforia, la astucia, el atrevimiento, el rencor, la osadía, la valentía… la humanidad. Sólo hace falta organizar ese chispazo que haga surgir la vida de donde antes había desgano; sólo hace falta dar ese paso que de la auto organización nos lleve a la autonomía.

Desenredemos el caos; nazcamos libres de sus entrañas; devengamos lo que somos.

Pero no hay que olvidar que lo que las redes sociales conforman no dejan de ser masas; y que las masas tienen una lógica que le es propia. Entendámosla entonces; captemos su volatilidad, encaminemos su ciega explosividad, destrocemos su aturdimiento y apacigüemos su ira para poder concentrar toda su potencia. Sólo así podremos realmente dibujar con nuestros cuerpos un mismo movimiento perpetuo que nos aleje de la penumbra de la devastación.

Éste es sólo el preludio del verdadero comienzo.

Por tanto, utilicemos nuestros actos para grabar lo anónimo de nuestros nombres en las paredes de la historia.

Tengamos un instante que relatar con orgullo a quienes nos sucedan.

Pero por favor, que la llama no se extinga ante a las adversidades que ya están entorpeciendo el flujo de las ideas; que el ánimo no ceda frente los estragos que están temiblemente por ocurrir. Éste fuego nuestro es la única luz en el sombrío acontecer del mundo que nos han heredado.

Dejemos que la furia exacerbe nuestra inteligencia; seamos elegantes, dejemos que hierva nuestra sangre.

Indignémonos, es ahora nuestro momento; ya llegará la paz cuando estemos muertos.

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T.

Cooperativa Tzikbal

Publicado: 2 enero, 2012 en Vida cotidiana

Que la rebeldía siempre nos bese en la boca

Ricardo Flores Magón

Parece un hecho casi innegable que el comienzo del año siempre trae aparejado consigo grandes cantidades de energía para realizar nuevos proyectos o, en su lugar, batientes y feroces despedidas que atajan las cuerdas que nos ataban a ciertos lastres o, en el peor de los casos, una exponencial desidia basada en un continuar dando vueltas en lo mismo una y otra vez; para mí, sin embargo, es un día más que aparece categorizado en un calendario que no sólo no esconde su dejo imperial, sino que ni siquiera es tan exacto como se presume. Fuera de eso, lo que también es innegable es que el espíritu de los seres queridos se contagia; pero eso sí, es éste un espíritu que no se encuentra enlazado causalmente a un mes que acaba y a otro que comienza, sino que cimienta su fuerza en otros factores tanto más bellos como llamativos y que se escapan al escudriñar del ojo bien domesticado por las positividades actuales. En éste sentido, fue el escrito de mi querida Isadora el que me empapó con las ganas de hacer algo similar; ésta vez escarbando unos inicios ocultos por las polvaredas de lo no dicho y perdido de entre los vendavales del desgano de no querer perpetrar una tradición que vaya más allá de las letras poco conocidas.

Los comienzos previos al comienzo

Como yo soy el que escribe, me tomaré la libertad de ser completamente autoreferencial en las siguientes líneas.

Los azares del destino no tan casuales me llevaron a terminar cayendo abismalmente en una demencia juvenil que se extendió más de la cuenta; todo se movía dentro de los ríos revoltosos de una acuciante necesidad de nada, pero eso sí, poseyendo de sobra una energía tal cuya tendencia a la destrucción sin más bien se podía ver reflejada en las terribles relaciones que entretejía con mis otros. Afortunadamente, la vertiginosa inclinación de la espiral pasional terminó aterrizando en el diván que me ha hecho lo que soy; y es aquí donde comienza la historia.

La intolerancia que siempre he tenido para con las autoridades de estrechas miras, es decir, el repudio que mantengo frente a todas esas personas que son más idiotas de lo que yo soy y que sin embargo se embelesan con títulos que les dan poder sobre los otros; bueno, padecer desde siempre estos sentimientos de tan honda humildad fue lo que me hizo adelantar materias en la licenciatura que estudié y que tengo a bien en detestar (y, por transitividad, también a la mayoría de sus estudiantes). Fue así que, en una materia de nombre tan rimbombante como sólo puede ser el de Psicología Social Avanzada, me encontré con dos de los personajes más queridos e influyentes de mis últimos tiempos: Olmo y Jessica. Las historias a partir de aquí son más complejas y enredadas de belleza; sin embargo, basta decir que su encuentro fue el caldo de cultivo que sacó a la luz ese espíritu de disidencia que, desde los remotos tiempos de mi vida, gustaba en inundarme desde mis adentros. En general, éste espíritu se enfocaba tercamente en empapar con odio e insultos a la imbecilidad de la mayoría de mis profesores, otras tantas, más bien, se enfocaba en corroer con agresión mis relaciones interpersonales, la mayoría de las veces, sin embargo, me servía de cubierta para que mi terrible sensibilidad no saliera a flote: después de ese encuentro, en cambio, mi espíritu de disidencia se enfocó en un quehacer inacabable y al que ahora dedico mi vida.

Así, en los vaivenes de la más extrema burocracia, con miras a tener que realizar un servicio social que de servicial sólo tenía el no ser pagado; Olmo me invitó a participar en un PAPIIT en el Centro de Investigación de Diseño Industrial: éste fue el primer antecedente de lo que ahora conforma el Colegio de Investigación de la Cooperativa Tzikbal, y es así porque fue el primer trabajo de investigación que realizamos con paga de por medio (ambos fuimos becarios… ya nada de pueriles servicialidades).

Nuestro desenvolvimiento en semejante proyecto nos hizo ser convocados a Olmo y a mí a otra investigación, ésta vez más grande, mejor pagada y de mucho más renombre; dicho estudio se enmarcó dentro de la Facultad de Arquitectura -y ahora con subsidios gubernamentales- (como podrán observar, jamás fuimos requeridos en nuestro hermosísimo lecho de vida: la Facultad de Psicología; ahí las cosas se hacen como bien manda CONACYT, escribiendo, y escribiendo, y escribiendo nimiedades, muchas muchas, pero sin sentido práctico -y sin darle crédito a quien las escribe, sólo a aquél quien se sirve de esclavos para ganar puntos en el SNI). Sin embargo, pasando uno o dos meses Olmo partió a España para, junto con Jessica, estudiar un Máster en tierras catalanas. Al observar la inmensa cantidad de trabajo (y aun con la promesa de una paga doble), decidí mejor convocar a otro gran amigo, psicólogo también, pero con una trayectoria de muchos más años en mi vida: Alain.

Y así, Alain y yo trabajamos durante meses en una investigación digna de película del Santo (por lo surreal de nuestro objeto de estudio -la organización interna del Bosque San Juan de Aragón); así también, comenzó a funcionar el engranaje que posteriormente le dio vida a lo que ahora conocemos como Cooperativa Tzikbal; esto fue más o menos así:

Olmo y Jessica regresan de su travesía por el viejo continente; algo les aconteció que… pues bueno, llegaron bien pilas -como dicen los jóvenes emprendedores. Una noche, mientras cenábamos en el comedor de mi casa, ellos dos, Alain y Leslie, y por supuesto yo, decidimos formalizar una práctica que ya teníamos tiempo realizando; pensamos en crear legalmente un grupo de investigación, un think tank, que pudiera empezar a dar una imagen externa y bien organizada de nuestro trabajo intelectual. Después de muchos ensayos de nombres, fue Alain quien, con sus apuntes de las clases de maya que en ese entonces tomaba, nos refirió por primera vez como Tzikbal; Olmo le agregó eso de Cooperativa.

Fue entonces que dio comienzo una de las más grandes, resbalosas y pedregosas historias de mi vida.

Cooperativa Tzikbal

Profesión de estupidez

Publicado: 12 diciembre, 2011 en Política, Vida cotidiana

La estupidez es un acontecimiento elemental con el que no hay terremoto que pueda medirse.

(Kraus, 1908: 47)

[Advertencia, lo siguiente no tiene nada de sentido; solamente es el reflejo de una imperiosa necesidad externa de terminar la tesis y no poder hacerlo, en parte, porque se fue la luz en mi casa]

Hay que admitir que no es fácil ofrecerle al público voraz de qué hablar, bueno, no es fácil conseguirlo si lo que se está buscando es que se hable bien de uno; si lo contrario es el caso, baste con ser una figura pública para tener más de tres cuartas partes del trabajo ya realizadas, el resto es meramente una cuestión de estupidez -por eso existen quienes, como yo, preferimos las penumbras que se conglomeran en tejidos sumamente intrincados tras las bambalinas de las luces de la socialité.

Creo que no hace falta especificar el contexto en el cual mis palabras se envuelven bajo el manto de la acidez que me es propia; cualquiera que frecuente la muy afable lectura que emana de los intelectuales escrupulosos de la Vice sabe que me estoy refiriendo al ganador, por segunda ocasión consecutiva, de uno de los premios más elegantes jamás inventados: “El pendejo de la semana”. Pero no, no graznaré más tinta sobre la poca cultura general que se trasluce en los peinados estilo oficinista; tampoco perderé más el tiempo señalando la poca finura del trastabilleo nervioso de la ignorancia educada en el fondo de un alma perdida; no haré más mofa sobre los errores que procedieron a los errores, que procedieron a los errores que hicieron sonar los aullidos de la prensa internacional; no, me enfocaré en otras estupideces.

Pero primero quisiera hacer un recuento de aquéllos que intentaron defender lo indefendible (y que más allá del heroico martirio de entregar la sangre por una causa perdida, se prefiguran mejor en las costras purulentas que poseen cual soberbia insignia que muestra los continuos desgarres a los que se gustan someter).

Uno de ellos simplemente caía bajo la forma del más paupérrimo ad hominem que se le pueda ocurrir a un incauto de las buenas maneras. Un señor gordito y canoso (donde el diminutivo hace las veces de un eufemístico elemento que busca ocluir lo patético de su pose); repito, un gordito canoso, enfurecido cual coapeño al darse cuenta que en la carta no existe el Bacardi Blanco, argumenta que todos -sí, todos– los twitteros que se regocijaron en la total ausencia de la pena ajena, eran igual o peor de incultos que su objeto de perversa satisfacción. Bueno, más allá de preguntarle al señor en cuál putero de vestidas de Garibaldi vendió su atractivo para conseguir semejantes poderes, omniscientes habilidades que sólo el innombrable hacía gala con su posesión, para poder lanzar semejante afirmación que dejaría en cunclillas al mismo Aristóteles por lo categorial de la aseveración; más allá incluso, si no fuera el caso de lo antes mencionado, de preguntarle por la forma tan rapaz con la cual liquidó aquel problema de la inducción que hasta la fecha trae vueltos de cabeza a los que se interesan por semejantes nimiedades; más allá sobre todo de increparle algunas demandas por difamación (mis amigos más ñoños -y por ende cultos- son favstars); más allá de señalarle la terrible actuación que intentó poner en escena al supuestamente ocurrírsele que nadie de esos sabía quien fue una de las grandes labias de la República Romana -y por tanto, una de sus grandes putas-; bueno, más allá de todo eso, bueno… ¡¿eso qué?! Ahora cada vez que llegue a ese punto tendré que rentar a Margarito para que se levante y grite: “No al lugar, puto”.

Otra señora, ésta vez con la peculiaridad de haberse acostado con el indicado que pudo pagarle a un habilidoso cirujano plástico que sabe ocultar con bien las cicatrices -aunque no puede hacer nada con el mal gusto-, afirmó cual sateluco: “no es necesario leer para gobernar”… “No al lugar, puta” -grita Margarito, whisky en mano. Y no, no es necesario; sí lo es, por ejemplo, haber sido uno de los grandes mandos de la KGB, experto en judo de talla mundial, saber utilizar armas largas y rifles de asalto, casarse con una gimnasta mucho menor, cazar tigres y montar descamisado a caballo en los ratos de ocio… ¿o no? A ese nivel no se necesita de un estilista; incluso la calvicie va bien.

Pero aquí el punto es que no es necesario leer para gobernar; bueno, yo cambiaría el eslogan por: leer no te hace necesariamente un buen ser humano, culto y loable. Por mi mente recorren imágenes que dibujan los rostros radiantes de personas cuyo mamotreto bajo el brazo se hace llamar “El código da Vinci”; o la figura de los gestos de sosegada sabiduría de aquéllos otros que han leído las obras completas del grande e iluminado Coelho; o los personajes de más agudeza y osadía intelectual que van a la Gandhi a comprar libros de García Márquez en inglés… ni qué decir de los demás.

Y es que sí; la gente es estúpida. Pero la estupidez a la que me refiero no es la de ellos -eso todos lo sabemos-; a los estúpidos que me refiero somos nosotros; nosotros, la vulgaridad de México; nosotros que permanecemos estúpidos (de la misma raíz etimológica de “estupefacto” o “estupendo”) frente a los acontecimientos. Profesión de estupidez que nos ganamos como licenciatura: “La estupidez es un acontecimiento elemental con el que no hay terremoto que pueda medirse” -ya lo puse en el epígrafe- “Las violentas fuerzas que contiene tendrán que descargar alguna vez en una catástrofe que le arranque el antifaz al cuerpo de este mundo” -continua Kraus con el augurio.

Existen escritores del momento cuya voluntad en expansión doblega la línea incidental de la actualidad hasta curvarla en la esfera del eterno infinito.

Karl Kraus

(Citado en: Kraus, 1907: 40)

Si ustedes aceptan que para que la divulgación en su versión vil se sostenga, el pilar fundamental que lo posibilita se centra en el ruidoso escarnio del sentido peyorativo que eso “vulgar” hace retumbar dentro del eco vacío del buen gusto; entonces nos empezamos a entender -al menos, para lo que en las siguientes líneas andaré desgañitando.

Y es que lo bellaco de éste tipo de divulgación se puede encontrar en al menos dos formas:

  1. se supone que el auditorio es ignorante y, por tanto, se toma el libertinaje de afirmar cualquier cosa o;
  2. se supone que el auditorio es ignorante y, por tanto, se toma el libertinaje de convertir cualquier cosa en un ídolo a quien rendir sacrificial tributo.

Esto último es lo que el colmillo de mármol austrohúngaro del maravilloso Karl Kraus nombra como «voluntad expansiva».

Y si éste escritor se merece semejante adjetivación es porque, en la actualidad, se encuentra rompiendo el trío que antes conformaba la serie de librepensadores que tatúan mi pecho.  (todos vieneses, y tres de los cuatro judíos… ¡Auch!).

Pero regresando al tema.

Hace un par de días encontré en la afamada página de Facebook de la Société Perrier -cuya pronunciación, para los snobs, es: click aquí– (página que, debo decir, sigo con cierta atención para enterarme de las grandes fiestas de la poser socialité -que, fuera de eso, son muy buenas fiestas); me encontré, decía, con una reseña que me anonadó a tal grado que tuve el atrevimiento de cancelar una de mis veladas de delicias para encontrarme, en algún momento de la noche, rodeado de gente cual adolescente en Vive Latino; sólo que, ésta vez, dentro del marco del tercer aniversario del MUAC.

La reseña (da click aquí), dice algo así:

Debido a esto, [su tercer aniversario] el MUAC ha decidido preparar una noche con un programa novedoso y como parte de este festejo se encuentra el Triple Filtro, agrupación que desde el 2004 no ha dejado de evolucionar y sorprender con sus nuevas propuestas cada vez más frescas y desquiciadas.

Para esta ocasión han preparado La Voodoo Suite, una pieza multicanal inspirada en la composición homónima de Pérez Prado. Su montaje se ha ejecutado en dos versiones: a) como una instalación para 30 bocinas repartidas alrededor de 3 pisos y b) como un concierto multicanal para 18 bocinas. Ambas versiones son acompañadas por una interpretación en vivo por parte de Triple Filtro.

La pieza está compuesta para que dependiendo de la posición del escucha la experiencia auditiva, y por lo tanto la composición, sea completamente diferente. Es a partir de su tránsito por el espacio de exhibición o de concierto que el espectador es capaz de reconstruir las infinitas versiones de la composición.

Su estructura se divide en 5 movimientos que oscilan en tiempo e instrumentación dependiendo de las cualidades acústicas del lugar. Más que presentarse como una composición completamente estructurada, la Voodoo Suite funciona como el entrecruzamiento entre una serie de “bloques de sonido”. Más que escuchar la interpretación de una composición entera por parte de un grupo de músicos, ésta pieza está intencionada temporalmente como un recorrido por una serie de paisajes sonoros en coexistencia. Así, la pieza funciona como un diálogo abierto entre una serie de sonidos donde ninguno busca predominar o controlar al resto del discurso musical.

Magistral, simplemente soberbio.

Sin embargo, al acudir y presenciar semejante imagen sonora, me topé con una de las más grandes desilusiones que he vivenciado a lo largo de una existencia repleta de pocas expectativas. Ahora bien, quiero aclarar, Triple Filtro es un gran proyecto; son muy, pero muy buenos; pagaría por escucharlos en vivo sin pensarlo dos veces. Lejos están, en cambio, de la magnanimidad que se lee en la brillante vacuidad que exaspera las frases rimbombantes de la escritora de la Societé.

Éste «espíritu en expansión» es uno que, a mi parecer (y que me perdonen mis amigos del medio), ya casi forma el patrón fundamental de las interacciones entre la obra de arte y el curador que las cura de todo mal (con el mezcal de las inauguraciones). Para robustecer mi argumento, les relataré otro episodio parecido; pero éste más afianzado a mi vida emocional:

Una de las pocas obras que realmente me trastornan estéticamente es la que, bajo el pincel del sobrevalorado (y muy sobrado de sí mismo) Picasso, se intitula Weeping Woman. La primera vez que la observé casi estallo en llanto; y eso que el impacto me sometió por medio de una presentación en el lamentable lenguaje visual del paupérrimo Power Point. Sin embargo, en mi segunda infancia (aquella que desmembraba la demencia de mis veinte años), durante un viaje en solitario al viejo continente; me topé de frente, en el Barri Gotic de Barcelona, con éste lienzo en toda su originalidad (su Aura, en la concepción de Benjamin, rebozaba el marco que la contenía): por un momento, el silencio de la eternidad dejó de respirar en mi alma… hasta que cometí el garrafal error de leer lo que un don nadie más (postrado a su lado) tenía que decir sobre la Weeping Woman.

Picasso (1937) - Weeping Woman

Y es que, en ese afán de guiar el ojo (o el oído en el caso de la Societé) se pierde lo más esencial del impacto que una obra pueda tener sobre el espectador: la subjetividad reflejada en el acto creativo de un ser que no soy yo. Lo siento mucho, pero no necesitamos de expertos, ni de divulgadores, ni de curadores; aquellos que como yo disfrutamos por nosotros mismos (con y sin vanidad) de la presunción de la apreciación (cosa que cualquier persona puede hacer; la fórmula es tan simple como la no obediencia de las modas), estamos sometidos al libre arbitrio de nuestro gusto (bueno o malo), nada más. Alguna vez, uno de los anarquistas más anarquistas (y que no se decía anarquista) que llegué a conocer, me dijo:

Para mí sólo existen dos tipos de música, la que me gusta y la que no me gusta.

Entonces, ¿quién eres , curador, divulgador, periodista, para decirme cómo observar y cómo escuchar algo que se mantiene en pié por sí mismo (es decir, sin la necesidad de tu presencia encandilada con ciegas insignias)? Son los burgueses los que te necesitan -y te pagan-; nadie más que ellos -lo cual me lleva a interrogar sobre el tiempo que gasto en la internet. ¿Qué eres sino un eslabón más de la cadena de mediocridad que ata a la gente al pantano de la desidia? ¿Alguna vez te preguntaste por quién paga tus fiestas (porque yo sí sé quien paga las mías -tus impuestos, para decirlo con la sequedad de la rapidez)?

Y bueno, para demostrar que el deporte que ahora me gusta practicar se llama: “escupiendo para arriba”; les dejo una fotografía de mi escritorio tal cual está en éste momento:

Referencia

Kraus, K. (1907) Aus dem Papierkorbe. En: Kraus, K. (1990) Escritos. Visor: España.

 Sapere aude.

El nombre de Pablo Fernández Christlieb es uno que resulta bien conocido, al menos para aquellos de entre los cuales en parte nos dedicamos al estudio de la cultura, la sociedad o todo eso que pueda englobarse dentro de lo colectivo. Sin embargo, tal vez por estar vivo aun, el eco de éste estudioso de lo afectivo no resuena tanto como yo quisiese que retumbara.

Pablo Fernández Christlieb

Pablo Fernández ha recuperado y enriquecido magistralmente una tendencia epistémica de lo social impuestamente olvidada por lo que en México podría recibir el vago nombre de Academia (y cuya vaguedad resulta del intersticio que emerge de la estrecha relación existente entre la vacuidad de su propuesta y la sumisión con que acata los estándares de una ciencia que el siglo pasado a hecho bien con desechar -y sí, en algunos aspectos, nuestra Academia es más bien como una reliquia digna del escaparate bastardo de lo fallido y la burocracia). Y bueno, más allá de proseguir con mi opinión que inevitablemente desembocaría sobre lo paupérrimo de las formas de evaluación de nuestro quehacer científico, explicaré un poco más por qué saqué a colación el nombre de Pablo Fernández.

Hace algunos años, no sé en realidad cuántos, en la Facultad de Psicología de la UNAM, el personaje que ahora me convoca dictó una conferencia que lamentablemente no he conseguido aun; pero dado que podría afirmar que una de mis pocas cualidades es poseer una memoria bien entrenada (lo cual no exenta que cometa alguna falta grave para con el decir de Pablo), relataré qué de esas palabras me pueden ayudar a echar cierta luz sobre la velocidad (y bueno, también haré rodeos y reflexiones personales en el camino). Ésta charla a la que hago mención recibía un nombre que, para sustentar debidamente mi afirmación anterior, no recuerdo en lo absoluto; sin embargo, los retazos que hago bien en guardar en alguna parte de mi psique que no puede reducirse meramente a mi cerebro, son de cosas de una mayor importancia que sobradas intitulaciones, o fechas exactas, páginas requeridas o nombres propios. Y así, para lo que aquí me compete, esto más importante de retener es que su plática versó sobre la estética de la violencia.

 

Para hablar sobre el tema, Pablo Fernández construyó una muy amena categorización: existe una estética lenta, y existe una estética rápida. Ésta última velocidad de la estética es una a la que estamos habituados en nuestra cotidianidad y, para poner uno de los ejemplos que él gusta en mostrar, ésta se hace presente cuando nos gusta una canción pop, en el momento justo en que su pegajosa melodía nos achaca el buen juicio y no podemos sacarla de nuestra cabeza. Así, cuando nos enfrentamos con el hecho de que la estamos cantando para nuestros adentros (público más selecto y exigente que el que podamos toparnos en el exterior), o caemos en la vergonzosa cuenta de que llevamos todo el día repitiendo el estribillo una y otra vez cual cliché mercadotécnico; es entonces que experimentamos en nuestro ser la velocidad de una estética que nos impacta al momento (de ahí su rapidez) (ver nota 1). Por estética, el autor al que me he estado refiriendo, no se toma el gran embrollo que surge del pensamiento que busca en cada uno de los meandros conceptuales la piedra angular que sostenga una buena apreciación de una de las más coronadas abstracciones; para él, la estética es el nombre que recibe la cualidad de una forma que nos llama la atención. Y así, la forma de los objetos cuya estética se mide en altas velocidades es una que nos atrae desde el primer momento que choca con nuestro sentir; sin embargo, inherente a su velocidad es el hecho de que, así como nos retiene, así de rápido nos deja de sorprender y de perseguir. Su condena está impregnada en su velocidad; su tormento es la ligereza con la cual deja de existir para nosotros.

La estética lenta, en cambio (y como podrán ahora suponer), es una cuya forma tarda mucho tiempo en llamarnos la atención; su paso sosegado se desplaza gradualmente hacia nosotros; primero, tal vez, un descuido fue lo que hizo que volteáramos a observar aquella forma, después, una pequeña curiosidad ociosa, luego esporádicos merodeos, hasta que, en algún momento, ella que pasó inadvertida se encuentra casi en comunión con nuestra alma. Diferencia radical en la cualidad de ésta velocidad, se ha tornado en una forma que, mientras más pasan los años, más colorida y definida se encuentra tatuada sobre nuestra afectividad. Las formas cuya estética recorren el mundo a ésta velocidad se pueden encontrar en aquellas obras de arte que uno tarda mucho tiempo en comprender, años quizá; pero que, cuando lo logra, jamás pierden su brillo y, aunque parezca contradictorio, mientras más tiempo recorra nuestro sentir su profunda superficie, más aspectos estéticos le encontramos quisquillosamente a su figura. Pero no todo es miel sobre hojuelas, éste tipo de pensamiento lento está cada vez más en peligro de extinción.

La velocidad actual que, como cabe suponer, es una de una brutalidad exponencial; deja cada vez menos tiempo para el disfrute y el goce de lo estéticamente lento. La eficiencia laboral, las capacidades múltiples (que se encuentran en relación inversa con la profundización del pensamiento), la especialización, la híper especialización (que nos acerca cada vez más a los insectos -y no en el sentido que Bakunin hubiera deseado), la imposición de la bien vista manera multitask de proceder, la cercanía y la inmediatez que surgen de las nuevas formas digitales de relación (que están en relación directa con el alejamiento de la calidez que posee un cuerpo cuando reposa apaciblemente a nuestro lado), la urgencia de metas, el apremio por la novedad, la presteza de lo que por definición se aleja borrascosamente de lo perenne; todas éstas formas son unas cuya estética mantiene una rapidez despeñada en lo que podría conglomerar dentro del ansia por el consumo de lo inmediato (donde el vulgar consumismo es una de sus muy afamadas líneas terminales… que no concluyen en lugar alguno -al contrario, son un loop eterno que no desgasta sino a quien lo padece). En el otro extremo del velocímetro, contrariamente a lo antes expuesto, nos encontramos con la sabiduría que se encuentra depositada en la templanza con la cual nos acercamos a las cosas; parquedad cuyo miramiento no es por el tiempo sino por la profundidad. El buen gusto, por poner otro ejemplo, es uno que se construye con oficio y disciplina; una buena charla es aquella que amanece junto con la serena embriaguez del vino; las personas más amadas son aquellas que ya no se encuentran en la ebullición del enamoramiento; un habano se fuma lentamente, y el placer se exacerba si es maridado con un whisky de más de doce años de añejamiento; el sonido robusto de un vinilo conservado no se compara en nada con la escuetérrima calidad subyacente a los 128 kbps; lo afable de una compañía se construye lentamente con los años que se recorren. La estética de la violencia, en cambio, es una estética de la más extrema rapidez.

Quisiera que todo esto no se tomara como un mero juicio moralino; más bien, preferiría que que se pensase como una toma de postura que lejos está de buscar ser pregonada panfleteramente. El centro que me convocó a escribir éstas reflexiones en torno a la estética de la violencia fue justamente la demanda de escribir, en formato de ceros y unos, una breve reflexión sobre la velocidad. Ahora bien, todo lo anterior simplemente figuró una forma de acercarse al mundo de lo social desde la perspectiva de la velocidad, es decir, tomada así como marco conceptual; sin embargo, me resulta muy interesante que esto fue en contra del epígrafe que ciñe éste número veinticinco de la revista que contiene mis palabras:

Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza, la belleza de la velocidad.

"La Guerra" (1916) - Giacomo Balla

Futuristas o no, lo manifiesto en ésta frase puedo leerlo en esa «belleza de la velocidad» que, por ejemplo, dista mucho de ser una belleza en la velocidad. Y es que efectivamente, existe algo muy estético en la velocidad; pero nombrarlo como belleza me causa un poco de suplicio. Aun así, supongo que Filippo Tommaso Marinetti no sostendría que exista una belleza en la velocidad; pero belleza o no, la velocidad tiene en sí misma una estética muy poderosa; una estética que, puedo pensar, siempre busca más y mayor velocidad para mantener su fuerza de atracción. Por eso la velocidad llega a calificarse como una de las adicciones que tanto tormento causan a la avaricia de los que representan al Estado. Sin embargo, más allá de que sea la muerte de uno mismo quien pare en seco nuestro desplazamiento; es de llamar la atención que es en las pasiones donde la velocidad se vuelve más vertiginosa: lo insondable del odio más amargo, la envidia más terrorífica y lo ácido y malicioso de sus arpías, los entresijos de la violencia que ha dejado atrás a la inmanente agresión; pero también, el fuego que despide la cólera de los arrebatos amorosos, el extremado cansancio de aquellos que viven por y para sus ideales, el desgaste y la inanición de los que hacen hasta el hartazgo aquello que aman con vehemencia; todo ello tiene su centro común en ese buscar cada vez más y más.

La rapidez de una necesidad que no se ataja se encuentra en una íntima relación con la velocidad que ambiciona inmediatez, a su vez, presentifica lo rotundo de un goce que jamás encontrará su satisfacción; la mesura, en cambio, va más de la mano con aquella prudencia que Aristóteles gustaba en alabar. Sin embargo, como buenos seres humanos, nos encontramos fluctuando entre un extremo y el otro; en nosotros mismos personificamos una tendencia que apunta a uno de los dos ideales que he venido dibujando. Y así como la velocidad con la que nos desenvolvemos en nuestra vida cotidiana puede ser una más rápida o una más lenta; es mejor saberse conformado por aceleraciones y desaceleraciones, conocerse en los extremos más pasionales y en la más cabal de las mesuras; pero, sobre todo, saber que cada acto, cada palabra, cada error, cada nimiedad incluso, tiene consecuencias palpables en nosotros mismos, en quienes nos rodean y en la sociedad que, bien o mal, nos cobija. La última decisión, sin embargo, siempre está en nuestra inconsciente capacidad para la acción, en uno u otro sentido; es mejor sabernos predispuestos.

γνῶθι σεαυτόν

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El Género y su ignorancia

Publicado: 20 julio, 2011 en Vida cotidiana

O de cuando la desidia se entremezcla con la procrastinación.

Hace algunos meses me enteré de una convocatoria para publicar algún artículo relacionado con los llamados estudios de género; en realidad, la pasé desapercibida hasta que una muy querida amiga me recordó que esos eran los temas que yo trabajaba en mis embrollos de licenciatura. Aun así, la carga de trabajo que he llevado a mis espaldas durante más de un año no me movió de mi negligencia. Sin embargo, y como bueno chico dedicado a la funesta Academia -entre otras muchas cosas-, pensé que la mejor solución era participar en dicha convocatoria con un muy ecológico reciclaje de lo que ya había trabajado en aquellos años de desbordada demencia; obviamente, realizando los retoques adecuados y sacando a relucir mis artes bien entrenadas de maquillista de letras profesional.

La convocatoria, empero, tuvo su inherente deadline hace un mes.

Esto de alguna forma me libera de presiones y demás; sobre todo porque, de entre mis múltiples actividades, estaré coordinando una mesa que versará sobre las consecuencias del pensamiento anarquista en la innovación social; esto durante un congreso que se llevará a cabo en Puebla. Es más que patente que los títulos de las ponencias y el Simposium entreverán una enorme carga de eufemismos y política corrección.

Aun así, no quise dejar de hacer ese ejercicio de autorrelectura que conllevaría una buena paliza de autocrítica; nada más que de una manera no tan formal y con mucho mayor libertad -con el cual inauguraría la sección abandonada de “Vida Cotidiana” del presente Blog.

O del Género y la ignorancia

No existió mucho escándalo aquel 14 de enero del 2008 cuando el Gobierno del Distrito Federal sacó a relucir su “Programa Atenea: Servicio Exclusivo para Mujeres” de la Red de Transportes de Pasajeros (RTP). Y no lo hubo por las visiones encontradas que éste generó: desde las ya consabidas críticas que se esgrimen contra éstas políticas sólo para mujeres, hasta aquéllas que subieron desde los cuarto, octavo y noveno círculos de ese infierno presenciado por Dante.

Sin embargo, más allá de toda esa política de arpías -y me refiero a la segunda… y un poco a la primera-, hay un punto que considero de suma importancia y que, al menos desde mi limitado conocimiento, nadie mostró: ¿Por qué se llama Atenea?

No entiendo la relación existente entre la “buena intención” de un “compromiso de brindar un servicio seguro, cómodo y económico para las usuarias”; y la imagen de Atenea -impedimento central en la construcción de cualquier concepto: la relación entre el nombre que se le otorga y sus interpretaciones visuales o escritas. Y lo digo porque, más allá de su nacimiento un tanto espectacular, Atenea no representa en sentido alguno eso que podríamos denotar como feminidad. Más aun, según Johann Jakob Bachofen, fue ella quien marcó el comienzo del patriarcado al dirimir en favor de éste y, por tanto, pugnar en contra del antiguo matriarcado; la Orestía de Esquilo lo torna más que patente.

¿Es lo anterior una jugarreta un tanto sádica del Gobierno del Distrito Federal? ¿O es solamente una muestra más de insuficiencia e ignorancia, es decir, de una ausencia de cultura mínima general?

Yo abogo por lo segundo.

Y lo hago porque, seguramente, en aquel diplomadillo de la parisina École Nationale d’Administration brilló por su ausencia una materia de mitología clásica -y en toda esa carrera que comienza en el Simón Bolívar, pasa por la Salle y culmina en el Colmex-; lo cual no es nada malo en sí mismo (salvo por la non grata carencia educativa en México -pero eso es otro tema). Sin embargo, parte esencial de una persona cabal que está al frente de cualquier rebaño es conocer sus deficiencias para así poder superarlas con cualquier tipo de artimañas -como conseguirse un letrado equipo de trabajo.

Lo anterior es una de las críticas que yo puedo formularle a los estudiosos del género, en su mayoría no ilustrada. Parte primordial del estudio de cualquier cosa es hacer una delimitación de lo que se entiende por tal. Ahora, les quisiera preguntar: ¿Qué es una mujer? Y en esto no soy nada inaugural puesto que fue justo esa pregunta aunada a la también compleja “¿qué quiere una mujer?” la que cimbró incluso a un hombre como Sigmund Freud -cuya vida se dedicó a develar esos meandros oscuros del continente de la histeria.

Por tanto, no puedo más que cerrar mi alma al ver aquellos transportes que portan ostentosamente la leyenda: Servicio exclusivo para Mujeres; sobre todo cuando es el busto de Atenea quien lo corona con tal magnanimidad. Es entonces cuando recuerdo a Esquilo cuando pone la siguente idea en voz de Atenea:

No es la madre la que engendra al niño que da al mundo: nodriza solamente es que recibe y nutre el germen que en ella se siembra. Es el padre el que engendra al fecundarla. Ella es una extraña que recibe el don […]

Y así, me es imposible no recordar aquella célebre frase de Atenea cuando nos increpa:

¿Una mujer? Y, ¿qué es una mujer?