El Holocausto: los negocios de lo sagrado

Publicado: 21 noviembre, 2012 en Política, Religión
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Una vieja broma señalaba que el error de Hitler no había sido perseguir a los judíos, sino no haberlos matado a todos. Pero bueno, también eso puede achacársele a Calígula, quien se dejó asesinar antes de aplastar la revuelta judía que en sus días se estaba organizando en contra del Imperio Romano (aunque posteriormente fue Tito terminó la tarea, tomando Judea y destruyendo su Templo por segunda vez -los babilonios, algunos siglos antes, habían sido los primeros en volver añicos aquel lugar sagrado que no sé cuántas veces ha sido reconstruido). Pero bueno, ese ‘no haberlos matado a todos’ tiene sus pros y contras. No se debe de olvidar que, por ejemplo, la base del edificio de pensamiento occidental de los dos siglos pasados descansa sobre hombros hebreos; que aun hasta nuestros días grandes obras del pensamiento se han desarrollado porque algunos cuantos pudieron escapar de los centros nazis de exterminio (donde, dicho sea de paso, no sólo murieron judíos, sino también gitanos, homosexuales, débiles mentales y un amplio etcétera que las películas de Hollywood no dejan ver). Sin embargo, hay una cuestión que, por lo menos desde mi conocimiento del tema, ha sido descuidada.

Cuando el reproche ‘no haberlos matado a todos’ se realiza, a mi parecer, no apunta a querellar a Hitler su descuido al dejar escapar a los intelectuales y artistas semitas; la queja apunta justamente al lado contrario. Es bien consabido que muchos judíos con los recursos suficientes compraron, literalmente, su libertad. Este es el subgrupo que merece especial atención; sobre todo cuando caemos en la cuenta de que ‘holocausto’ significa un sacrificio que se hace a Dios para para obtener su gracia. ¿Qué decir, entonces, de aquellos que ofrecieron a sus mismos congéneres, hermanos en el más alto sentido de la palabra, como animales para ser incinerados como muestra de respeto a Dios? Desde esta perspectiva, no es para nada de extrañar que llueva fósforo blanco sobre las calles de Palestina; pues estos últimos, según se ve, ni siquiera tienen el estatuto de animales que puedan ser ofrendados en sacrificio.

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