Descoordinaciones:

Publicado: 2 enero, 2012 en Ciencia, Política

De una clínica de los trastornos mentales a su administración; pero no viceversa.

¿Tenéis ojos -pregunta Hamlet-, que abandonáis los pastos de este hermoso monte para empapuzaros en esa ciénaga?… Vista sin tacto, tacto sin ojos, oídos sin manos ni miradas, olfato sin nada, una simple porción de algún sentido sano no podría obrar a tientas con tal torpeza.
Hamlet, III, 4 (citado en Kraus, 1909: 67)

PRESENTACIÓN

Desde hace algunas décadas, es por demás sabido que existe un amplio sector de pensadores -conformado tanto por psiquiatras, como por psicólogos y filósofos de la ciencia- que argumentan a favor de la no pertinencia del DSM-IV como herramienta diagnóstica, o como forma clasificatoria, o como ejercicio de conceptualización de los trastornos mentales (Widiger, 2007; Wiggins, & Schwartz, 1994; Wakerfield, 1992). Sin embargo, y prácticamente a las puertas de su quinta reedición, lo que resulta súmamente interesante es que todas las querellas que increpan a éste DSM, lejos de extinguir su flama cuando se les baña en el paso del tiempo, van apoderando una fuerza mayor con el eco que se conjuga cada vez de más allegados. Aun así, el paroxismo radica en que los redactores del Manual continúan divagando en el paraje bucólico de la desidia cuando se ven interpelados por dichas problemáticas. Lo más preocupante es que éste escollo solamente figura como uno de los muchos y muy variados dentículos de ese complejo engranaje enmarcado bajo el eslogan de la actual “crisis de la psiquiatría” (Katsching, 2010) (donde eso contemporáneo yo lo puedo entender prácticamente como la totalidad de su historia -presente en más de dos siglo de cavilaciones). Por tanto, no hace falta que dedique más líneas a ese mar de tinta que inunda hasta las narices a aquello que podría denominar vagamente como el quehacer clínico de lo mental; esto a pesar de que, en muchos aspectos, en la práctica y en su administración se siga ignorando la fatalidad de la condición que lo achaca.

En el presente escrito, en cambio, buscaré echar un poco de luz al “modelo de funcionamiento histórico” (Foucault, 1974a: 59) que se encuentra en la base misma de la construcción del DSM (más allá de los retoques de sus distintas reediciones); método epistémico claramente foucaultiano pero que, cuando lo enmarco dentro de los objetivos caracterizados para éstas líneas, lo propondré a la tarea de develar la intención que empapa a toda caracterización emprendida desde el umbral conformado por el pensamiento de éste Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales; esto con el objetivo de no perder más tiempo en las más que conocidas críticas que se han venido realizando a cada una de las nuevas enmiendas maquilladas sobre las rutas que surgen del mismo punto de fuga. Por ende, me centraré en la estructura de ese primer intento de clasificación estadística -que data de 1952- y en sus antecesores que le otorgaron el linaje con el que ahora se ornamenta.

EL DSM Y SU INTENCIÓN

Es más que patente que la pretensión que dio a luz al primer DSM fue una que buscaba la homogeneización de una nomenclatura más dispar e inconsistente como sólo pueden ser las diferencias individuales presentes en los seres humanos. Puesto que la clínica psiquiátrica se basaba en sus inicios en estudios de caso realizados por «el gran médico de manicomio» en turno; generar una única forma de caracterizar a los trastornos mentales que surgían de esa práctica implicaba, de principio, la imposible tarea de conglomerar bajo un mismo apelativo a los diversos resultados que se obtenían de toda una gama de estilos de clínica: “In the late twenties, each large teaching center employed a system of its own origination, no one of which met more than the immediate needs of the local institution” (APA, 1952: v). Huelga decir que la cita anterior refiere específicamente a una clínica anglosajona, muy distinta de aquella que se podría englobar como perteneciendo al estilo de clínica francesa; en otras palabras, estos teaching centers estaban localizados solamente dentro de los Estados Unidos de América y, a pesar de que se presentaban como instituciones locales, se enmarcaban bajo un mismo territorio y, por ende, generaban una homogeneidad mayor que la que se pudiese encontrar en la conjugación de las distintas clínicas esparcidas por el globo occidental.

Por clínica me refiero específicamente a aquella práctica que emerge de la experiencia de la mirada positiva, es decir, a ese:

[…] nuevo perfil de lo perceptible y de lo enunciable: nueva distribución de los elementos discretos del espacio corporal […], reorganización de los elementos que constituyen el fenómeno patológico […], definición de las series lineales de acontecimientos mórbidos […], articulación de las enfermedades en el organismo […] (Foucault, 1953: 13 – 14).

Porque, a pesar de que aquí Foucault hace referencia a la clínica médica centrada específicamente en el cuerpo, lo somático o lo fisiológico; no hay que olvidar que, en sus inicios, la psiquiatría surge del estudio médico de los trastornos mentales (médicos en cuya formación se incluían conocimientos profundos de fisiología, química, física, neurología, anatomía y una psicología positiva; todo enmarcado desde la perspectiva de la filosofía de la naturaleza goethiana (Assoun, 1981: primera parte)).

Ésta experiencia de la clínica, por tanto, es la que brinda la posibilidad de estructurar la enfermedad dentro de un discurso científico (con todos los pros y contras que ello implica); sin embargo, el punto crucial es que la mirada es una que clasifica para observar y conocer:

El pensamiento clasificador se concede un espacio esencial que, no obstante, borra a cada momento. La enfermedad no existe más que en él, porque él la constituye como naturaleza; no obstante ésta aparece siempre un poco desplazada con relación a aquél porque se ofrece, en un enfermo real, a los ojos de un médico previamente armado (Ibíd.: 25).

Acto puramente epistémico y que se enmarca, por definición, dentro del espacio de humildad que da pié a la generación de una multiplicidad de modelos de la realidad y, por eso mismo, lejos de aquella ciega e ingenua pretensión que implica pensar una realidad de acceso directo.

Es fácil concebir entonces el por qué de esa heterogeneidad patente en la nomenclatura de los trastornos mentales: si la clínica es un acto epistémico cuya observación está en parte determinada por la teoría que la subyace inherentemente (o está en relación con ella, o es esencialmente teórica -depende de la versión a la cual queramos suscribirnos); todo intento de clasificación será indexical, es decir, dependerá tanto del punto de vista del médico que la lleva a cabo como de su formación (por tanto, toda clasificación de los trastornos mentales será parcial y se enmarcará dentro de ciertos criterios pragmáticos (Van Fraassen, 2008)).

Sin embargo, tras el legítimo objetivo presente en el DSM como una estandarización de lo disímil, se esconde un empeño de normalización cuyas miras van más allá de cualquier esfuerzo esperántico: “There is an increasing need for adequate statistical data on the mental hospital population of the country” (APA, 1952: 52); esto “to provide mental hospitals with a scheme that permits detailed tabulation of diagnostic data as well as easy contraction of the detailed classification into summary form” (Ibíd.: 74); para lo cual: “The categories should be chosen so that they will facilitate the statistical study of disease phenomena” (Ibíd.: 88); con la salvedad de que:

While no single classification will fit the specialized needs for all these purposes [meet the varied requirements of vital statistics offices, hospitals of different types, medical services of the armed forces, social insurance organizations, sickness surveys, and numerous other agencies], it should provide a common basis of classification for general statistical use (Ibíd.: 88).

Donde cabe mencionar que las dos últimas citas los redactores del DSM las tomaron de la  primera edición de la International Statistical Classification of Diseases, Injuries, and Causes of Death (1948); la cual resulta ser la forma primigenia que le fue otorgada a la actual Clasificación Internacional de Enfermedades en su décima versión (CIE-10) -catálogo coordinado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Ahora bien, ¿qué significa todo esto?

  • La nueva clasificación que se construyó en el DSM como reemplazo de la antigua nomenclatura se conformó, más bien, pensándose como una ordenación que facilitara el análisis estadístico de los ahora llamados trastornos mentales («el actual eufemismo de la enfermedad mental» (Hacking, 2007));
  • esto implica que la organización del DSM, más que responder a una demanda terapéutica o de cualquier otra índole, busca ser una clasificación que permita la construcción de categorías que puedan ser correctamente tabuladas para los fines del estudio estadístico de los trastornos mentales.

Lo interesaste es que todo esto se presenta como si fuera una «necesidad creciente». La pregunta pertinente sería entender para quién es una necesidad creciente y cuáles son los fines que se buscan saciar con ella; interrogante lejana de toda trivialidad puesto que implica conocer la importancia del objetivo de una pretensión epistémica que se presenta como más adecuada que un entendimiento que permita guiar la terapéutica.

Mi propuesta estriba en que todas éstas respuestas las podemos encontrar en la historia filogenética que dio a luz al actual Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales; me centraré, por tanto, en relatar lo acontecido alrededor de su antecesores.

Los ancestros del CIE

Como bien mencioné en el apartado anterior; los redactores del DSM se apegaron a la pretensión metodológica de esa primer forma que obtuvo el actual CIE. Ahora bien, según los expertos de la OMS, en las bases históricas sobre las que se sustenta esa clasificación de enfermedades se encuentra la obra Nosologia methodica (1771) de François Boissier de Sauvages de Lacroix, amigo y contemporáneo de Carolus Linnaeus. La importancia de la Nosologia radica en que fue el primer intento de hacer una clasificación sistemática de las enfermedades (OMS, 2011). Sin embargo, nos dice la voz que representa a la OMS, el estudio estadístico de las enfermedades es un siglo mayor, y éste se puede rastrear hasta el trabajo de las London Bills of Mortality (1662) de John Graunt. Empero, hay ya aquí una primer trampa que es preciso develar: Sauvages era médico y botánico; Graunt fue demógrafo (incluso considerado el primero de su clase); el espíritu con el cual fue escrita la obra del primero apuntaba específicamente a la practica médica: “La Méthode Nosologique est assurément propre à applanir aux Etudians, les sentiers épineux de l`Art Iatrique” (Sauvages, 1771: vii); en cambio, otro fue el camino que recorrió el pensamiento del segundo cuando, más bien, su foco se centró en las formas mediante las cuales se puede llegar a conocer lo que le acontece a una población y cuáles son los usos más pertinentes de dicho conocimiento.

Por ejemplo, el título completo de la obra de Graunt es Natural and Polítical OBSERVATIONS Mentioned in a following INDEX, and made upon de Bills of Mortality; que, como bien se establece en la intitulación, resulta ser un compendio de las observaciones que «casualmente» Graunt realiza sobre las Bills of Mortality de Londres -así lo establece el autor en la dedicatoria que escribe al Barón John Lord Roberts. Sin embargo, el texto no solamente se contenta con semejante relatoría, como se menciona en su prefacio, en él también se encuentran escritas «algunas verdades que surgieron de la cuidadosa meditación que se hizo sobre esos papeles olvidados y que van más allá de ser meras opiniones; verdades que pueden resolverse en beneficios para el mundo». Las consecuencias de ese estudio bien se pueden observar en la dedicatoria que el demógrafo le realiza al Caballero Sir Robert Moray:

The Observations, which I happend to make (for I designed them not) upon the Bills of Mortality, have fallen out to be both Political, and Natural, some concerning Trade, and Government, others concerning the Air, Countries, Seasons, Fruitfulness, Health, Diseases, Longevity, and the proportions between the Sex, and Ages of Mankind. All which […] I am humbly bold to think Natural History also, and consequently, that I am abligued to cast in this small Mite into your great Treasury of that kinde (Graunt, 1662).

Consecuencias de importancia tal que, en sus conclusiones, Graunt se da el lujo de responder a la pregunta sobre el propósito de su trabajo de éste modo: “[…] those, who cannot apprehend the reason of these Enquiries, are unfit to trouble themselves to ask them” (Ibíd.). Pues es más que claro que -y cito in extenso:

[…] That whereas the Art of Governing, and the true Politiques, is how to preserve the Subject in Peace, and Plenty, that men study onely that part of it, which teacheth how to supplant, and over-reach one another, and how, not by fair out-running, but tripping each other´s heels, to win the Prize.

Now, the Foundation, or Elements of this honest harmless Policy is to understand the Land, and the hands of the Territory to be governed, according to all their intrinsick, and accidental differences […]

[…] for there is also another value meerly accidental, or extrinsick, consisting of the Causes […] It is no less necessary to know how many People there be of each Sex, State, Age, Religion, Trade, Rank, or Degree &c. by the knowledge whereof Trade, and Government may be made more certain, and Regular; for, if men knew the People as aforesaid, they might know the consumption they would make, so as Trade might not be hoped for where it is impossible […]

Moreover, if all these things were clearly, and truly known (which I have but guessed at) it would appear, how small a part of the People work upon necessary Labours, and Callings, viz. how many Women, and Children do just nothing, onely learning to spend what others get? how many are meer Voluptuaries, and as it were meer Gamesters by Trade? how many live by puzling poor people with unintelligible Notions in Divinity, and Philosophie? how many by perswading credulous, delicate, and Litigious Persons, that their Bodies, or Estates are out of Tune, and in danger? how many by fighting as Souldiers? how many by Ministeries of Vice, and Sin? how many by Trades of meer Pleasure, or Ornaments? and how many in a way of lazie attendance, &c. upon others? And on the other side, how few are employed in raising, and working necessary food, and covering? and of the speculative men, how few do truly studie Nature, and Things? The more ingenious not advancing much further then to write, and speak wittily about these matters.

I conclude, That a clear knowledge of all these particulars, and many more, whereat I have shot but at rovers, is neccessary in order to good, certain, and easie Government, and even to balance Parties, and factions both Church and State. But whether the knowledge thereof be neccesary to many, or fit for others, then the Sovereign, and his chief Ministers, I leave to consideration (Ibíd.: cuarto punto de la conclusión).

Aquí está más que claro el por qué y el para qué del conocimiento que surge del estudio estadístico de, en éste caso, las causas de muerte de una población. Huelga decir que todo lo anterior tiene una relación estrecha con la Ley de los Pobres (1834) que Foucault menciona como la tercer forma histórica que tomó la medicalización (precedida por la Medicina de Estado alemana (comienzos del siglo XVIII) y la Medicina Urbana francesa (finales del siglo XVIII)) (Foucault, 1974b). Sin embargo, si se rastrean los ancestros de esa Ley de los Pobres se encuentra que datan de mucho antes que las otras dos formas de medicalización expuestas. El primero de sus antecedentes se encuentra en la Ley de Isabel (1601), cuyas addenda se realizaron en 1662 (con la Ley de Asentamiento), en 1782 (Ley de Gilbert) y en 1795 (Acuerdos de Speenhamland) (Rodríguez, 2003: 199 – 122). A grandes rasgos, la Ley Isabel “estableció los principios de un sistema nacional de ayuda legal y obligatoria a los pobres” (Ibíd.: 120); donde el organismo implicado en otorgar dichas ayudas eran las parroquias locales -el financiamiento de éstas, empero, partía fundamentalmente del pago de impuestos. Para mantener el orden, éstas leyes establecían ciertos requisitos a los beneficiarios, de entre los cuales, los dos más importantes fueron la regularización de las personas dependientes de cada parroquia y la restricción de su movilidad (sobre todo con la ley de 1662); o sea, para poder recibir las ayudas que el  Estado por obligación brindaba, uno tenía que asistir solamente a una parroquia y establecerse ahí. Cabe mencionar que las famosas Bills of Mortality que John Graunt utilizó como la base de sus meditaciones, son los datos registrados semanalmente sobre las muertes acaecidas en cada una de las parroquias de Londres.

Como se podrá constatar, la influencia de las Bills of Mortality fue más que patente; su valor se aprecia desde las clasificaciones sobre las causas de muerte que hicieron tanto William Farr y como Marc d’Espine en 1855, pasando por las subsecuentes revisiones que culminaron en la creación de las Bertillon Classification of Causes of Death (1893), que fueron el preámbulo de la International List of Causes of Death (1938), antecedente directo de la antes citada International Statistical Classification of Diseases, Injuries, and Causes of Death (1948) (la antigua CIE) que, como anteriormente mencioné, sirvió de base para la primera edición del DSM.

No es en vano, por tanto, el reconocimiento que Foucault hace de la importancia del modelo que surge de La Ley de los Pobres, sobre todo para diferenciarlo de las otras dos formas de medicalización; no es trivial tampoco que esto surja en Inglaterra y que se enmarque dentro de las campañas de higienismo europeo. Pero iré por partes.

El espíritu de la medicalización

Para (Foucault, 1974a: 53 – 54), tres son los rasgos principales que caracterizan al fenómeno de la medicalización (una nueva política del cuerpo en el cual éste se vuelve objeto del Estado):

  • La medicina responde a otro motivo que no es la demanda del enfermo, cosa que sólo acontece en casos más bien limitados. Con mucha más frecuencia la medicina se impone al individuo, enfermo o no, como acto de autoridad.
  • El espacio de objetos de la intervención médica no se refiere solamente a las enfermedades, se incluyen también otros ámbitos en su quehacer (el espacio de la sexualidad es el ejemplo paradigmático; aunque también entran los espacios físicos: cuestiones relativas al aire, al agua, las construcciones, los terrenos, los desagües, etcétera).
  • La introducción de un aparato de medicalización colectiva, a saber, el hospital.

Todo esto representa las nuevas formas, maneras y estrategias de control y autoridad que el Estado ejerce sobre los cuerpos de las personas que habitan dentro de sus límites; todo ello implica, como bien hizo en notar Graunt, un conocimiento específico sobre todos los factores cuantitativos que puedan generarse a partir de la población (sexo, edad, religión, condición social, trabajo, enfermedades, etcétera). Sin embargo, lo anterior sólo responde al qué y al cómo; resulta de igual interés conocer también el para qué.

El tipo de medicalización inglés, que Foucault nombra como Medicina de la Fuerza Laboral, se presenta como el primer antecedente de los servicios de salud pública de la actualidad. Estos Health Service, más allá se ser una reglamentación de los servicios médicos, en 1875 se presentaban más bien como una forma de «control médico de la población» (Foucault, 1974b: 74); lo anterior no quiere decir sino que implicaban campañas obligatorias de vacunación dirigidas a los pobres y a las clases trabajadoras (con todo y sus terribles consecuencias), registros obligatorios de las enfermedades que pudieran llegar a padecer alguno de estos grupos de personas, así como localización y destrucción de los lugares insalubres -independientemente de por quién eran habitados o frecuentados:

De manera general se puede afirmar que, a diferencia de la medicina del Estado alemán del siglo XVIII, aparece en el siglo XIX, y sobre todo en Inglaterra, una medicina que consiste esencialmente en un control de la salud y el cuerpo de las clases más necesitadas, para que fueran más aptas para el trabajo y menos peligrosas para las clases adineradas (Ibíd.: 75).

Pues no hay que olvidar que, al menos en sus inicios, de la mano del higienismo siempre se encontró el pauperismo y todo lo que le circundaba. Por ejemplo, uno de los grandes antecedentes que posibilitaron la emergencia de éstas nuevas formas de poder fue la epidemia de cólera de 1832 que, comenzando en París, se extiende mortuoriamente por toda Europa. En éste sentido, la medicalización es la forma reactiva del Estado frente a los problemas que su misma organización genera; paliativo poco eficaz pues su centro se enfoca en mantener medianamente controlada a la enfermedad alejando lo más posible a los enfermos de las clases gobernantes o adineradas. El dato que libera escalofríos es la afirmación que Foucault sostiene al establecer que fue principalmente éste modelo de medicalización el único que tuvo futuro y está presente en nuestros días (con sus debidas modificaciones). Es por ello que ya no resulta intrigante que fuera justamente el National Committee for Mental Hygiene una de las voces que, en su momento, aprobase que la American Psychiatric Association se encargara de la redacción de ese primer DSM de «creciente necesidad».

RESUMEN DEL ARGUMENTO

Lo que intenté esbozar en las líneas anteriores fue la intención que proyecta el uso con el cual fue concebido el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. La importancia de tener dicha intención en cuenta radica en que, de principio, se establecen así los objetivos y por tanto las limitaciones de la clasificación de dicho manual; a su vez, se elimina de éste modo la posibilidad de equivocar el uso que pueda dársele. Por ejemplo, al no percatarse de la intención que subyace a toda construcción que emerge del DSM, se puede llegar a cometer el grave error -como de hecho sucede- de utilizarlo en la práctica clínica. Éste desacierto se sustenta en que no existe coordinación alguna entre el ejercicio terapéutico y las clasificaciones de éste Manual; me explico:

  1. En los antecedentes directos del estilo de clasificación que se imprime en el DSM no se encuentra una intensión de caracterizarlos de tal forma que ayuden al ejercicio terapéutico (como pudo ser en su momento la Nosologia methodica de François Boissier de Sauvages de Lacroix);
  2. en vez, el modelo que se continuó fue el establecido en el trabajo de las London Bills of Mortality de John Graunt, meditaciones que buscan resaltar las consecuencias políticas y económicas que se pueden obtener del estudio estadístico de las características de una población.
  3. El espíritu presente en las London Bills of Mortality es uno que busca sacar provecho del conocimiento extraído del análisis estadístico con miras a la administración, es decir, la información recabada sirve de guía para una correcta gobernanza -si lo traducimos al lenguaje actual.
  4. Sólo así se puede entender esa «increasing need» de datos estadísticamente adecuados sobre los padecimientos mentales de las personas hospitalizadas; se busca con estos una guía de acción para la administración de los trastornos mentales de la población por parte del Estado -que, más allá del ejercicio de autoridad presente, es un fin válido en lo que respecta a la acción gubernamental; lo criticable son las formas.

Lo anterior no resulta contrario a la afirmación que sostiene Thomas Szasz de que, en la década de los cincuenta, todavía no existía un debate abierto que sacara a la luz la responsabilidad que el Estado tenía para con los enfermos mentales (Szasz, 2011: 179); así, el primer DSM fue el comienzo de toda una campaña en pos de la regulación y administración de la salud mental. Si no se tiene claro lo anterior y, en sentido contrario, se sigue pensando la clasificación del Manual con miras clínicas, resultaría entonces que la American Psychiatric Association no sólo no hizo caso a las críticas que Szasz lanza a la clínica psiquiátrica en su conocido artículo intitulado The Myth of Mental Illness (1960), sino que la APA abonó aun más el terreno al publicar el DSM para que el médico y sus críticas pudieran afianzarse con mayor fuerza. Szasz, en el artículo antes citado, prácticamente establece que la psiquiatría de sus tiempos descansaba sobre un error conceptual, a saber, que las enfermedades mentales entendidas no como lesiones cerebrales sino como «malestares cotidianos» (problems in living) eran expresiones de lesiones neurológicas susceptibles de medicación para su tratamiento. Éste error descansaba en el hecho de que el diagnóstico de estos malestares cotidianos se basaban en desviaciones establecidas a partir de cierta normatividad social; por lo tanto, pensar en que la cura de éstas enfermedades se encontraba en la administración de fármacos era por demás desatinado (Sazsz, 1960). De aquí que, si seguimos pensando al DSM como centrado en la terapéutica, lejos de atajar el señalamiento certero que realiza Sazsz (y que le da la vuelta al mundo); solamente lo afirmaría más puesto que, como he mencionado a lo largo del texto, las clasificaciones del DSM tienen solamente el fin de facilitar el estudio estadístico de los trastornos mentales:

The Standard Nomenclature is set up for use by physicians, specialists, and hospitals to secure standard and uniform terminology in the diagnosis of the diseases of individual patients. For that purpose it must be detailed and specific, because the attending physician must record the specific disease which he is treating and cannot be satisfied with knowing only die general or semispecific category of diseases of this kind.

The very specificity and detail of a nomenclature makes it cumbersome as a list of diseases for use in statistical tabulations. As already noted, statistical analysis deals with groups of patients rather than individual therapeutic problems. The clinician’s problem is the individual patient but the problems of the epidemiologist and statistician are the “herd” or group, and in studying an outbreak of typhoid, influenza, typhus, or cholera, rneir problem is to find the source of the infection and its mode of spread so the epidemic can be stamped out. In this work they want data on groups of persons and they are more quickly summarized in the form of the International Statistical Classification (APA, 1952: 89).

Es decir (y para concluir):

No existe un ejercicio clínico detrás del DSM, por tanto, resulta vano y errado cualquier intento terapéutico que quiera utilizarlo como base; el DSM es solamente una herramienta que le permite al Estado administrar los trastornos mentales de su población, nada más que eso.

REFERENCIAS

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Assoun, P.L. (1981 – 2008) Introducción a la epistemología freudiana. México: Siglo XXI.

Foucault, M. (1953 – 2009) El nacimiento de la clínica. México: Siglo XXI.

_______ (1974a) Crisis de la medicina. En: La vida de los hombres infames. Argentina: Altamira.

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Graunt, J. (1662) Natural and Polítical OBSERVATIONS Mentioned in a following INDEX, and made upon de Bills of Mortality. Texto Electrónico.

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Sauvages, F. (1771) Nosologie méthodique, dans laquelle les maladies sont rangées par classes, suivant le système de Sydenham, & l’ordre des botanistes. Vol. I. Hérissant le fils: París.

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