Profesión de estupidez

Publicado: 12 diciembre, 2011 en Política, Vida cotidiana

La estupidez es un acontecimiento elemental con el que no hay terremoto que pueda medirse.

(Kraus, 1908: 47)

[Advertencia, lo siguiente no tiene nada de sentido; solamente es el reflejo de una imperiosa necesidad externa de terminar la tesis y no poder hacerlo, en parte, porque se fue la luz en mi casa]

Hay que admitir que no es fácil ofrecerle al público voraz de qué hablar, bueno, no es fácil conseguirlo si lo que se está buscando es que se hable bien de uno; si lo contrario es el caso, baste con ser una figura pública para tener más de tres cuartas partes del trabajo ya realizadas, el resto es meramente una cuestión de estupidez -por eso existen quienes, como yo, preferimos las penumbras que se conglomeran en tejidos sumamente intrincados tras las bambalinas de las luces de la socialité.

Creo que no hace falta especificar el contexto en el cual mis palabras se envuelven bajo el manto de la acidez que me es propia; cualquiera que frecuente la muy afable lectura que emana de los intelectuales escrupulosos de la Vice sabe que me estoy refiriendo al ganador, por segunda ocasión consecutiva, de uno de los premios más elegantes jamás inventados: “El pendejo de la semana”. Pero no, no graznaré más tinta sobre la poca cultura general que se trasluce en los peinados estilo oficinista; tampoco perderé más el tiempo señalando la poca finura del trastabilleo nervioso de la ignorancia educada en el fondo de un alma perdida; no haré más mofa sobre los errores que procedieron a los errores, que procedieron a los errores que hicieron sonar los aullidos de la prensa internacional; no, me enfocaré en otras estupideces.

Pero primero quisiera hacer un recuento de aquéllos que intentaron defender lo indefendible (y que más allá del heroico martirio de entregar la sangre por una causa perdida, se prefiguran mejor en las costras purulentas que poseen cual soberbia insignia que muestra los continuos desgarres a los que se gustan someter).

Uno de ellos simplemente caía bajo la forma del más paupérrimo ad hominem que se le pueda ocurrir a un incauto de las buenas maneras. Un señor gordito y canoso (donde el diminutivo hace las veces de un eufemístico elemento que busca ocluir lo patético de su pose); repito, un gordito canoso, enfurecido cual coapeño al darse cuenta que en la carta no existe el Bacardi Blanco, argumenta que todos -sí, todos– los twitteros que se regocijaron en la total ausencia de la pena ajena, eran igual o peor de incultos que su objeto de perversa satisfacción. Bueno, más allá de preguntarle al señor en cuál putero de vestidas de Garibaldi vendió su atractivo para conseguir semejantes poderes, omniscientes habilidades que sólo el innombrable hacía gala con su posesión, para poder lanzar semejante afirmación que dejaría en cunclillas al mismo Aristóteles por lo categorial de la aseveración; más allá incluso, si no fuera el caso de lo antes mencionado, de preguntarle por la forma tan rapaz con la cual liquidó aquel problema de la inducción que hasta la fecha trae vueltos de cabeza a los que se interesan por semejantes nimiedades; más allá sobre todo de increparle algunas demandas por difamación (mis amigos más ñoños -y por ende cultos- son favstars); más allá de señalarle la terrible actuación que intentó poner en escena al supuestamente ocurrírsele que nadie de esos sabía quien fue una de las grandes labias de la República Romana -y por tanto, una de sus grandes putas-; bueno, más allá de todo eso, bueno… ¡¿eso qué?! Ahora cada vez que llegue a ese punto tendré que rentar a Margarito para que se levante y grite: “No al lugar, puto”.

Otra señora, ésta vez con la peculiaridad de haberse acostado con el indicado que pudo pagarle a un habilidoso cirujano plástico que sabe ocultar con bien las cicatrices -aunque no puede hacer nada con el mal gusto-, afirmó cual sateluco: “no es necesario leer para gobernar”… “No al lugar, puta” -grita Margarito, whisky en mano. Y no, no es necesario; sí lo es, por ejemplo, haber sido uno de los grandes mandos de la KGB, experto en judo de talla mundial, saber utilizar armas largas y rifles de asalto, casarse con una gimnasta mucho menor, cazar tigres y montar descamisado a caballo en los ratos de ocio… ¿o no? A ese nivel no se necesita de un estilista; incluso la calvicie va bien.

Pero aquí el punto es que no es necesario leer para gobernar; bueno, yo cambiaría el eslogan por: leer no te hace necesariamente un buen ser humano, culto y loable. Por mi mente recorren imágenes que dibujan los rostros radiantes de personas cuyo mamotreto bajo el brazo se hace llamar “El código da Vinci”; o la figura de los gestos de sosegada sabiduría de aquéllos otros que han leído las obras completas del grande e iluminado Coelho; o los personajes de más agudeza y osadía intelectual que van a la Gandhi a comprar libros de García Márquez en inglés… ni qué decir de los demás.

Y es que sí; la gente es estúpida. Pero la estupidez a la que me refiero no es la de ellos -eso todos lo sabemos-; a los estúpidos que me refiero somos nosotros; nosotros, la vulgaridad de México; nosotros que permanecemos estúpidos (de la misma raíz etimológica de “estupefacto” o “estupendo”) frente a los acontecimientos. Profesión de estupidez que nos ganamos como licenciatura: “La estupidez es un acontecimiento elemental con el que no hay terremoto que pueda medirse” -ya lo puse en el epígrafe- “Las violentas fuerzas que contiene tendrán que descargar alguna vez en una catástrofe que le arranque el antifaz al cuerpo de este mundo” -continua Kraus con el augurio.

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comentarios
  1. jimena dice:

    buscando informacion …me encontr con esta pàgina….excelente , da pa rriba leerte , saludos desde Xalapa …Atte. Jimena Vio

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