Estética, velocidad y violencia: algunas reflexiones

Publicado: 20 noviembre, 2011 en Arte, Ciencia, Política, Vida cotidiana

 Sapere aude.

El nombre de Pablo Fernández Christlieb es uno que resulta bien conocido, al menos para aquellos de entre los cuales en parte nos dedicamos al estudio de la cultura, la sociedad o todo eso que pueda englobarse dentro de lo colectivo. Sin embargo, tal vez por estar vivo aun, el eco de éste estudioso de lo afectivo no resuena tanto como yo quisiese que retumbara.

Pablo Fernández Christlieb

Pablo Fernández ha recuperado y enriquecido magistralmente una tendencia epistémica de lo social impuestamente olvidada por lo que en México podría recibir el vago nombre de Academia (y cuya vaguedad resulta del intersticio que emerge de la estrecha relación existente entre la vacuidad de su propuesta y la sumisión con que acata los estándares de una ciencia que el siglo pasado a hecho bien con desechar -y sí, en algunos aspectos, nuestra Academia es más bien como una reliquia digna del escaparate bastardo de lo fallido y la burocracia). Y bueno, más allá de proseguir con mi opinión que inevitablemente desembocaría sobre lo paupérrimo de las formas de evaluación de nuestro quehacer científico, explicaré un poco más por qué saqué a colación el nombre de Pablo Fernández.

Hace algunos años, no sé en realidad cuántos, en la Facultad de Psicología de la UNAM, el personaje que ahora me convoca dictó una conferencia que lamentablemente no he conseguido aun; pero dado que podría afirmar que una de mis pocas cualidades es poseer una memoria bien entrenada (lo cual no exenta que cometa alguna falta grave para con el decir de Pablo), relataré qué de esas palabras me pueden ayudar a echar cierta luz sobre la velocidad (y bueno, también haré rodeos y reflexiones personales en el camino). Ésta charla a la que hago mención recibía un nombre que, para sustentar debidamente mi afirmación anterior, no recuerdo en lo absoluto; sin embargo, los retazos que hago bien en guardar en alguna parte de mi psique que no puede reducirse meramente a mi cerebro, son de cosas de una mayor importancia que sobradas intitulaciones, o fechas exactas, páginas requeridas o nombres propios. Y así, para lo que aquí me compete, esto más importante de retener es que su plática versó sobre la estética de la violencia.

 

Para hablar sobre el tema, Pablo Fernández construyó una muy amena categorización: existe una estética lenta, y existe una estética rápida. Ésta última velocidad de la estética es una a la que estamos habituados en nuestra cotidianidad y, para poner uno de los ejemplos que él gusta en mostrar, ésta se hace presente cuando nos gusta una canción pop, en el momento justo en que su pegajosa melodía nos achaca el buen juicio y no podemos sacarla de nuestra cabeza. Así, cuando nos enfrentamos con el hecho de que la estamos cantando para nuestros adentros (público más selecto y exigente que el que podamos toparnos en el exterior), o caemos en la vergonzosa cuenta de que llevamos todo el día repitiendo el estribillo una y otra vez cual cliché mercadotécnico; es entonces que experimentamos en nuestro ser la velocidad de una estética que nos impacta al momento (de ahí su rapidez) (ver nota 1). Por estética, el autor al que me he estado refiriendo, no se toma el gran embrollo que surge del pensamiento que busca en cada uno de los meandros conceptuales la piedra angular que sostenga una buena apreciación de una de las más coronadas abstracciones; para él, la estética es el nombre que recibe la cualidad de una forma que nos llama la atención. Y así, la forma de los objetos cuya estética se mide en altas velocidades es una que nos atrae desde el primer momento que choca con nuestro sentir; sin embargo, inherente a su velocidad es el hecho de que, así como nos retiene, así de rápido nos deja de sorprender y de perseguir. Su condena está impregnada en su velocidad; su tormento es la ligereza con la cual deja de existir para nosotros.

La estética lenta, en cambio (y como podrán ahora suponer), es una cuya forma tarda mucho tiempo en llamarnos la atención; su paso sosegado se desplaza gradualmente hacia nosotros; primero, tal vez, un descuido fue lo que hizo que volteáramos a observar aquella forma, después, una pequeña curiosidad ociosa, luego esporádicos merodeos, hasta que, en algún momento, ella que pasó inadvertida se encuentra casi en comunión con nuestra alma. Diferencia radical en la cualidad de ésta velocidad, se ha tornado en una forma que, mientras más pasan los años, más colorida y definida se encuentra tatuada sobre nuestra afectividad. Las formas cuya estética recorren el mundo a ésta velocidad se pueden encontrar en aquellas obras de arte que uno tarda mucho tiempo en comprender, años quizá; pero que, cuando lo logra, jamás pierden su brillo y, aunque parezca contradictorio, mientras más tiempo recorra nuestro sentir su profunda superficie, más aspectos estéticos le encontramos quisquillosamente a su figura. Pero no todo es miel sobre hojuelas, éste tipo de pensamiento lento está cada vez más en peligro de extinción.

La velocidad actual que, como cabe suponer, es una de una brutalidad exponencial; deja cada vez menos tiempo para el disfrute y el goce de lo estéticamente lento. La eficiencia laboral, las capacidades múltiples (que se encuentran en relación inversa con la profundización del pensamiento), la especialización, la híper especialización (que nos acerca cada vez más a los insectos -y no en el sentido que Bakunin hubiera deseado), la imposición de la bien vista manera multitask de proceder, la cercanía y la inmediatez que surgen de las nuevas formas digitales de relación (que están en relación directa con el alejamiento de la calidez que posee un cuerpo cuando reposa apaciblemente a nuestro lado), la urgencia de metas, el apremio por la novedad, la presteza de lo que por definición se aleja borrascosamente de lo perenne; todas éstas formas son unas cuya estética mantiene una rapidez despeñada en lo que podría conglomerar dentro del ansia por el consumo de lo inmediato (donde el vulgar consumismo es una de sus muy afamadas líneas terminales… que no concluyen en lugar alguno -al contrario, son un loop eterno que no desgasta sino a quien lo padece). En el otro extremo del velocímetro, contrariamente a lo antes expuesto, nos encontramos con la sabiduría que se encuentra depositada en la templanza con la cual nos acercamos a las cosas; parquedad cuyo miramiento no es por el tiempo sino por la profundidad. El buen gusto, por poner otro ejemplo, es uno que se construye con oficio y disciplina; una buena charla es aquella que amanece junto con la serena embriaguez del vino; las personas más amadas son aquellas que ya no se encuentran en la ebullición del enamoramiento; un habano se fuma lentamente, y el placer se exacerba si es maridado con un whisky de más de doce años de añejamiento; el sonido robusto de un vinilo conservado no se compara en nada con la escuetérrima calidad subyacente a los 128 kbps; lo afable de una compañía se construye lentamente con los años que se recorren. La estética de la violencia, en cambio, es una estética de la más extrema rapidez.

Quisiera que todo esto no se tomara como un mero juicio moralino; más bien, preferiría que que se pensase como una toma de postura que lejos está de buscar ser pregonada panfleteramente. El centro que me convocó a escribir éstas reflexiones en torno a la estética de la violencia fue justamente la demanda de escribir, en formato de ceros y unos, una breve reflexión sobre la velocidad. Ahora bien, todo lo anterior simplemente figuró una forma de acercarse al mundo de lo social desde la perspectiva de la velocidad, es decir, tomada así como marco conceptual; sin embargo, me resulta muy interesante que esto fue en contra del epígrafe que ciñe éste número veinticinco de la revista que contiene mis palabras:

Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza, la belleza de la velocidad.

"La Guerra" (1916) - Giacomo Balla

Futuristas o no, lo manifiesto en ésta frase puedo leerlo en esa «belleza de la velocidad» que, por ejemplo, dista mucho de ser una belleza en la velocidad. Y es que efectivamente, existe algo muy estético en la velocidad; pero nombrarlo como belleza me causa un poco de suplicio. Aun así, supongo que Filippo Tommaso Marinetti no sostendría que exista una belleza en la velocidad; pero belleza o no, la velocidad tiene en sí misma una estética muy poderosa; una estética que, puedo pensar, siempre busca más y mayor velocidad para mantener su fuerza de atracción. Por eso la velocidad llega a calificarse como una de las adicciones que tanto tormento causan a la avaricia de los que representan al Estado. Sin embargo, más allá de que sea la muerte de uno mismo quien pare en seco nuestro desplazamiento; es de llamar la atención que es en las pasiones donde la velocidad se vuelve más vertiginosa: lo insondable del odio más amargo, la envidia más terrorífica y lo ácido y malicioso de sus arpías, los entresijos de la violencia que ha dejado atrás a la inmanente agresión; pero también, el fuego que despide la cólera de los arrebatos amorosos, el extremado cansancio de aquellos que viven por y para sus ideales, el desgaste y la inanición de los que hacen hasta el hartazgo aquello que aman con vehemencia; todo ello tiene su centro común en ese buscar cada vez más y más.

La rapidez de una necesidad que no se ataja se encuentra en una íntima relación con la velocidad que ambiciona inmediatez, a su vez, presentifica lo rotundo de un goce que jamás encontrará su satisfacción; la mesura, en cambio, va más de la mano con aquella prudencia que Aristóteles gustaba en alabar. Sin embargo, como buenos seres humanos, nos encontramos fluctuando entre un extremo y el otro; en nosotros mismos personificamos una tendencia que apunta a uno de los dos ideales que he venido dibujando. Y así como la velocidad con la que nos desenvolvemos en nuestra vida cotidiana puede ser una más rápida o una más lenta; es mejor saberse conformado por aceleraciones y desaceleraciones, conocerse en los extremos más pasionales y en la más cabal de las mesuras; pero, sobre todo, saber que cada acto, cada palabra, cada error, cada nimiedad incluso, tiene consecuencias palpables en nosotros mismos, en quienes nos rodean y en la sociedad que, bien o mal, nos cobija. La última decisión, sin embargo, siempre está en nuestra inconsciente capacidad para la acción, en uno u otro sentido; es mejor sabernos predispuestos.

γνῶθι σεαυτόν

Nota 1: Quisiera aclarar al lector que esto no implica para nada una crítica a la música pop; he de confesar que encuentro gran diversión en la soltura que provoca para la rigidez de mi pensamiento el bailarla de vez en cuando. Con el ejemplo, lo único que busqué fue hacer una descripción, sesgada claro está, del estado de cosas de cierto tipo de pop. 

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comentarios
  1. Jessica Asai dice:

    Tonatiuh, pienso que las ideas de Pablo, tienen una resonancia muy importante entre quienes lo han leído y escuchado en clase o en conferencias. La potencia y autenticidad de la forma que la que hace Psicología Coletiva, criticada por estar cerca de la Literatura y alejada de los datos estadísiticos, y su propia calidad de outsider de la “Academia”, hace que sea una de las mentes más influyentes para la Psicología Social hecha en castellano. Estuve en esa conferencia. No era ¿aestética de la violencia? Vértigo ante la velocidad a la que se acerca tu partida, la velocidad es un poco inminencia.

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