El Género y su ignorancia

Publicado: 20 julio, 2011 en Vida cotidiana

O de cuando la desidia se entremezcla con la procrastinación.

Hace algunos meses me enteré de una convocatoria para publicar algún artículo relacionado con los llamados estudios de género; en realidad, la pasé desapercibida hasta que una muy querida amiga me recordó que esos eran los temas que yo trabajaba en mis embrollos de licenciatura. Aun así, la carga de trabajo que he llevado a mis espaldas durante más de un año no me movió de mi negligencia. Sin embargo, y como bueno chico dedicado a la funesta Academia -entre otras muchas cosas-, pensé que la mejor solución era participar en dicha convocatoria con un muy ecológico reciclaje de lo que ya había trabajado en aquellos años de desbordada demencia; obviamente, realizando los retoques adecuados y sacando a relucir mis artes bien entrenadas de maquillista de letras profesional.

La convocatoria, empero, tuvo su inherente deadline hace un mes.

Esto de alguna forma me libera de presiones y demás; sobre todo porque, de entre mis múltiples actividades, estaré coordinando una mesa que versará sobre las consecuencias del pensamiento anarquista en la innovación social; esto durante un congreso que se llevará a cabo en Puebla. Es más que patente que los títulos de las ponencias y el Simposium entreverán una enorme carga de eufemismos y política corrección.

Aun así, no quise dejar de hacer ese ejercicio de autorrelectura que conllevaría una buena paliza de autocrítica; nada más que de una manera no tan formal y con mucho mayor libertad -con el cual inauguraría la sección abandonada de “Vida Cotidiana” del presente Blog.

O del Género y la ignorancia

No existió mucho escándalo aquel 14 de enero del 2008 cuando el Gobierno del Distrito Federal sacó a relucir su “Programa Atenea: Servicio Exclusivo para Mujeres” de la Red de Transportes de Pasajeros (RTP). Y no lo hubo por las visiones encontradas que éste generó: desde las ya consabidas críticas que se esgrimen contra éstas políticas sólo para mujeres, hasta aquéllas que subieron desde los cuarto, octavo y noveno círculos de ese infierno presenciado por Dante.

Sin embargo, más allá de toda esa política de arpías -y me refiero a la segunda… y un poco a la primera-, hay un punto que considero de suma importancia y que, al menos desde mi limitado conocimiento, nadie mostró: ¿Por qué se llama Atenea?

No entiendo la relación existente entre la “buena intención” de un “compromiso de brindar un servicio seguro, cómodo y económico para las usuarias”; y la imagen de Atenea -impedimento central en la construcción de cualquier concepto: la relación entre el nombre que se le otorga y sus interpretaciones visuales o escritas. Y lo digo porque, más allá de su nacimiento un tanto espectacular, Atenea no representa en sentido alguno eso que podríamos denotar como feminidad. Más aun, según Johann Jakob Bachofen, fue ella quien marcó el comienzo del patriarcado al dirimir en favor de éste y, por tanto, pugnar en contra del antiguo matriarcado; la Orestía de Esquilo lo torna más que patente.

¿Es lo anterior una jugarreta un tanto sádica del Gobierno del Distrito Federal? ¿O es solamente una muestra más de insuficiencia e ignorancia, es decir, de una ausencia de cultura mínima general?

Yo abogo por lo segundo.

Y lo hago porque, seguramente, en aquel diplomadillo de la parisina École Nationale d’Administration brilló por su ausencia una materia de mitología clásica -y en toda esa carrera que comienza en el Simón Bolívar, pasa por la Salle y culmina en el Colmex-; lo cual no es nada malo en sí mismo (salvo por la non grata carencia educativa en México -pero eso es otro tema). Sin embargo, parte esencial de una persona cabal que está al frente de cualquier rebaño es conocer sus deficiencias para así poder superarlas con cualquier tipo de artimañas -como conseguirse un letrado equipo de trabajo.

Lo anterior es una de las críticas que yo puedo formularle a los estudiosos del género, en su mayoría no ilustrada. Parte primordial del estudio de cualquier cosa es hacer una delimitación de lo que se entiende por tal. Ahora, les quisiera preguntar: ¿Qué es una mujer? Y en esto no soy nada inaugural puesto que fue justo esa pregunta aunada a la también compleja “¿qué quiere una mujer?” la que cimbró incluso a un hombre como Sigmund Freud -cuya vida se dedicó a develar esos meandros oscuros del continente de la histeria.

Por tanto, no puedo más que cerrar mi alma al ver aquellos transportes que portan ostentosamente la leyenda: Servicio exclusivo para Mujeres; sobre todo cuando es el busto de Atenea quien lo corona con tal magnanimidad. Es entonces cuando recuerdo a Esquilo cuando pone la siguente idea en voz de Atenea:

No es la madre la que engendra al niño que da al mundo: nodriza solamente es que recibe y nutre el germen que en ella se siembra. Es el padre el que engendra al fecundarla. Ella es una extraña que recibe el don […]

Y así, me es imposible no recordar aquella célebre frase de Atenea cuando nos increpa:

¿Una mujer? Y, ¿qué es una mujer?

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