La complejidad del objeto psicoterapéutico: subdeterminación y emergencia

Publicado: 19 julio, 2011 en Ciencia

[Conferencia pronunciada en el I Coloquio de Filosofía de las Ciencias Médicas: “Lo normal y lo patológico”. Celebrado en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, durante el mes de mayo del 2011]

 

La diversidad psicoterapéutica es un fenómeno más que patente.

Ahora, si lo anterior resulta ser una afirmación certera, existen al menos dos caminos a seguir por los interesados en el tema: (i) Estudiar a profundidad cuál es la condición intrínseca a las psicoterapéuticas que conlleva a esta diversidad para, en primer lugar, ver si existe alguna solución a dicha problemática y, en segundo término, construir los medios políticos necesarios que coadyuven a llevar a cabo la solución planteada. Y (ii) aceptar esta diversidad psicoterapéutica como un fenómeno que se da de hecho y, más allá de su cabal comprensión, buscar la forma de construir mecanismos mediante los cuales se pueda convivir con dicha diversidad en la práctica cotidiana de las psicoterapias.

Como se podrá observar, los dos caminos que he propuesto no difieren mucho entre sí. Ambos presuponen que la diversidad psicoterapéutica es un problema; uno a resolver desde el primero de ellos, uno que sortear desde la segundo punto de partida. En todo caso, también cabe la posibilidad de una tercer postura que llamaría más bien a no hacer caso de todos estos meandros que nos atajan el libre paso por el mundo de lo teorético; sin embargo, considero que como profesionales del campo, una posición así estaría lejos de aquella pasión que se supone despierta en cada uno de nosotros eso que de lo humano se juega en el campo de lo psi.

Ahora bien, en el presente trabajo no busco ofrecer respuestas puntuales a todas aquellas enormidades que se puedan desprender del anterior planteamiento; en vez, lo que intentaré con él es prefigurar ciertas líneas de pensamiento que he ido desarrollando a lo largo de mi quehacer y que, de alguna forma, buscan echar luz sobre la maraña de discursos tanto médicos como psicológicos que conforman una mezcolanza sumamente confusa alrededor de eso psíquico.

En lo que respecta a este instante, me enfocaré solamente en el primero de los caminos; y siendo esto así, la pregunta que surge es: ¿qué hay de común en las psicoterapéuticas que las hace desembocar con tanta facilidad en un amplio espectro de posibilidades? A su vez, también dentro de esta inquietud, cabe preguntarse si es acaso que eso de la diversidad sea un problema a resolver.

Creo que la respuesta a la primer pregunta es más que conocida, lo que está en el núcleo mismo de las psicoterapéuticas es la especificidad su objeto, es decir: la vida psíquica de los individuos. Ahora bien, considero que para dar respuesta a la segunda pregunta es necesario comprender primero qué es eso de la vida psíquica de los sujetos.

¿Qué es lo psíquico? Como podrán prever, aquí ya empiezan los problemas. Hay quienes lo engloban dentro de un concepto de igual oscuridad: la mente. Hay otros que, en cambio, prefieren no abordar el tema por lo inaccesible del objeto o, dicho en palabras más atinadas: por su inmaterialidad (como si la única forma de lidiar con las cosas fuera mediante manoseos de sus propiedades físicas y químicas -como si no se pudiera degustar los profundos excesos de la palabra poética).

Obviamente, en este momento estoy lejos de responder cabalmente a esta interrogante que, pudiera pensar, se encuentra en aquella cúspide de las aporías. Sin embargo, al parecer, existe cierto consenso dentro del campo cuando se afirma que lo psíquico pertenece a ese conjunto un tanto desafiante de los fenómenos complejos. Y si esto es el caso, cabe entonces preguntarse también por qué es eso de la complejidad.

Grosso modo, esta forma de referirse a cierto tipo de fenómenos, a pesar de tener una larga trayectoria en la historia del pensamiento, se puso muy de moda en la filosofía de la ciencia desde mediados del siglo pasado. Esto se debió, en gran parte, al hecho de que el paradigma por excelencia del quehacer científico, que era la física, ahora recae en la práctica de la biología. Y así, cuando el estudio del quehacer científico se posiciona desde este nuevo punto de vista, surgen algunas cosas que son de vital interés para lo que nos compete.

Los fenómenos complejos se caracterizan, a grandes rasgos, por su condición de emergentes. Ahora, si lo psíquico es un fenómeno complejo; cabría entonces reflexionar sobre qué consecuencias tiene pensar a lo psíquico como emergente.

Como en toda postura filosófica, existen emergentismos fuertes y emergentismos débiles (aunque, al final, son solamente una consecuencia de distintos presupuestos metafísicos). La mejor forma que encuentro de ejemplificar eso de lo emergente es con un ejemplo que tomo prestado de John Dupré. Pensemos en un lince; creo que todos estaremos de acuerdo en afirmar que ese lince no es nada más que un conjunto de moléculas físicas y propiedades químicas. Bien, creo que nadie es tan ingenuo como para afirmar que ese lince es solamente un saco de moléculas químicas y físicas; sino que algo fundamental para el lince es que éstas moléculas están organizadas de una manera sumamente específica. Ahora bien, pensemos que nosotros no tenemos conocimiento del lince como un ente total, no sabemos qué es o cómo se ve eso; en cambio, supongamos que lo que sí tenemos es el conocimiento de todos sus componentes y de todas sus formas de relación, es decir, de lo específico de su organización en el nivel de sus partes constitutivas. Una postura reduccionista sería afirmar que, al nosotros conocer todas estas moléculas, todas sus propiedades y todas sus interacciones, nosotros podríamos llegar a conocer todo lo relativo al lince; o, dicho de otra forma, que si logramos modelar esta totalidad de fenómenos en un programa computacional, la salida que obtendríamos sería ese lince en su especificidad y como una totalidad.

Soy consciente de que este tipo de ejemplos -muy de filósofos-, podrían no llamarle la atención a una persona más comprometida con la práctica puesto que, obviamente, resulta una imposibilidad el modelar todos los componentes y todas sus relaciones. Sin embargo, estos contrafácticos sirven muy bien para sacar a la luz los presupuestos metafísicos que están debajo de la postura desde la cual se abordan los fenómenos a investigar -o conocer, o construir, o como quieran llamarle.

Entonces, por el momento y basándonos en el ejemplo citado, tenemos al menos tres posibles salidas o posturas metafísicas:

  1. Una primer postura reduccionista que, como mencioné, afirmaría que al conocer todo lo que respecta a las partes y todo lo relativo a sus interacciones mutuas, uno conocería por tanto al fenómeno en su totalidad;
  2. una segunda postura más cabal sostendría que lo anterior es imposible (conocer todo sobre las partes), pero que dicha imposibilidad se debe más bien al estado actual de nuestro conocimiento y que, por tanto, en un futuro sería posible realizarlo (o aproximarse asintóticamente a ello);
  3. la tercer postura no sólo sostendría la imposibilidad primera sino que, a su vez, afirmaría que aunque fuese posible modelar la susodicha totalidad de los componentes del fenómeno, existiría un algo de ese todo que no podría predecirse desde el conocimiento total de las partes. Esto algo sería justamente eso emergente.

Para decirlo de forma más clara: una postura emergentista es aquella que afirma que el fenómeno total no está contenido completamente en las propiedades de las partes, es decir, que hay un algo que emerge de la forma en la cual se estructuran estos componentes y que no podría haber sido predicho desde el mero conocimiento de ellos. Lo anterior se debería a varios factores que van desde afirmar que es necesario observar a las partes del fenómeno desde el punto de vista que se desprende de su totalidad (y que no surge sino observando al todo desde el todo mismo y dentro del contexto en el cual se encuentra) -realizabilidad múltiple-; hasta suponer que existen características que del todo se imprimen en las partes -causación descendente, causación mental-.

Abro paréntesis. Es muy interesante observar que el lenguaje utilizado por estos filósofos para referirse al fenómeno complejo -hablarlo desde el todo y desde sus partes- es una forma en la cual se expresan en la corriente hermenéutica en filosofía -peleada a muerte, desde ciertos puntos de vista, con la filosofía de la ciencia. Schleiermacher, por ejemplo, “propone la comprensión de las partes de cualquier estado de cosas mediante la formulación de un sentido de la totalidad a la cual pertenecen […]” (Flores, 2010: 20). Que es simplemente decir causación descendente con palabras más bonitas. Ahora, si esto es el caso, se difuminaría aun más esa supuesta frontera entre la hermenéutica y la filosofía de la ciencia; lo cual desembocaría en que, para esta última, no sería prudente solamente hablar de explicación en la ciencia, tendría que introducirse en su quehacer el ejercicio reflexivo sobre la comprensión en la ciencia. Cierro paréntesis.

Ahora bien, con base en todo lo anterior, podría afirmar que el cerebro no es algo más que un arreglo específico de moléculas físicas y químicas; pero que es a partir de dicha organización que emerge lo psíquico. Por lo tanto, esto psíquico no sólo no puede ser predicho desde el mero conocimiento de su estructura orgánica sino que, también, esto psíquico no puede ser reducible por completo a sus componentes materiales. Huelga decir que del hecho de que lo psíquico no sea reducible meramente al cerebro, no se sigue que esto psíquico sea independiente de su sustrato orgánico; sin embargo, esta relación mente-cuerpo también es uno de esos meollos un tanto escabrosos de la historia del pensamiento.

Ahora, si lo que he dicho tiene cierta coherencia, entonces uno puede dar cuenta no sólo de la especificidad del objeto de las psicoterapéuticas; también, uno puede empezar a dimensionar la complejidad de eso psíquico. Y, desde mi punto de vista, es esta complejidad del objeto la que abre la posibilidad de existencia de una diversidad psicoterapéutica como la que actualmente contemplamos. Ahora, ¿por qué sucede esto? Bueno aquí entra eso de la subdeterminación.

Para empezar, el nombre completo de este fenómeno es: la subdeterminación de la teoría por la evidencia; aunque, en realidad, no es un fenómeno sino una condición de toda teoría científica. Grosso modo, a lo que esto se refiere es a que, en un tiempo t existe un conjunto de evidencia z que apoya por igual a dos teorías rivales, llamémoslas x y x’. Es decir, que en determinado momento no existe una forma racional que pueda decirnos qué teoría elegir de entre dos competidoras, puesto que la evidencia que sostiene tanto a x como a x’ las apoya de igual manera.

Aunque todo esto suene sumamente abstracto, no es difícil concebir que, en determinado momento dentro de una investigación, algún fenómeno z es correctamente explicado -incluso predicho- desde cierta teoría x; pero que pasa exactamente lo mismo cuando es interpretado a la luz de una teoría x’. ¿Cómo poder entonces decidir racionalmente entre x y x’? Para intentar solucionar esto, los filósofos han desarrollado criterios que van desde lo encantador de la teoría, hasta su simpleza o elegancia; cabe resaltar, que lo que está ahí en pugna se combate generalmente desde el campo de los criterios estéticos, no de los racionales (lógicos).

Uno de los criterios que de más fama goza es el pragmático que, de manera superficial, nos dice que si una teoría funciona ya, es todo lo que necesitamos saber para poder elegirla de entre sus competidoras. Ahora, si dos o más teorías funcionan, pues entonces se ven cuestiones como cuál es la mas simple, en el sentido lógico del término, cuál es la más sencilla, en el sentido de sus presupuestos metafísicos, etcétera, etcétera. Sin embargo, esto implica que existe un campo bien definido desde donde se pueda llevar a cabo la comparación; ¿qué pasa entonces con las psicoterapéuticas?

Como desarrollé anteriormente, la condición de complejo de su objeto desemboca en que ni siquiera existe una cabal caracterización de éste último. No existe, para decirlo popperianamente, un criterio que pueda demarcar que sí entra dentro del campo y qué no lo hace, es decir, que sí se puede nombrar como una ciencia de lo psíquico y qué no puede serlo. En este sentido, no existe ni siquiera un lugar en donde se puedan comparar las distintas psicoterapéuticas; y, más interesante aun, si uno las analiza con detenimiento, todas ellas difieren en demasía, incluso desde la definición misma de su objeto o, dicho desde las alturas de lo teorético, el objeto de una no es el objeto de la otra (a pesar de que, de facto, ambas tratarían lo mismo). Aunado a esto, si uno quisiera salirse de este enredo apelando a un criterio pragmático, lo que sale a la luz es que todas las distintas psicoterapias funcionan, en uno u otro caso. Y así, para resumir este escollo, la conclusión a la que llego es que las psicoterapéuticas son incomparables entre sí – inconmensurables-, puesto que difieren en el núcleo mismo de su caracterización; pero, a pesar de todo, ellas funcionan en el mundo.

Una pregunta que pudiera tener cierta validez en este momento sería aquella que apuntase a descubrir qué de eso psíquico es lo que permite que esto ocurra. Sin embargo, desde mi punto de vista, la pregunta no es tanto buscar por qué funcionan; más bien, la pregunta interesante sería ver por qué en ciertos casos, ciertas psicoterapias no lo hacen. Por tanto, a mi parecer, lo que se vuelve necesario escapa por completo al ámbito psicoterapéutico (las psicoterapias son, a fin de cuentas, meras técnicas psicoterapéuticas); lo que se necesita, en cambio, es una clínica específica de lo psíquico, es decir, un quehacer científico que surja del seno mismo de este fenómeno y, sobre todo, que se conciba desde su inherente complejidad.

Esto toma su impulso en el hecho de que, en la actualidad, la psicología carece de una clínica específica; su ejercicio clínico es un remiendo de la clínica psiquiátrica cuya base es orgánica (no importando que tome en consideración factores psíquicos). Por tanto, reitero, mientras la psicología no tenga en consideración una clínica específica de lo psíquico para su quehacer psicoterapéutico, el abismo que he presentado ante ustedes, lejos de conjurarse para sus adentros, se estará elevando sobre las invocaciones de un objeto material que no es ni algo real ni la realidad que nos compete.

Referencias

Dupré, J. (2009) It is not possible to reduce biological explanations to explanations in chemestry and/or physics. En: Ayala, F. y Arp, R. (2010) Contemporary Debates in Philosophy of Biology. Texto electrónico.

Flores, M. (2010) El pluralismo en la filosofía de la ciencia y en la hermenéutica. México: Editorial Torres Asociados.

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