Sterlac

Publicado: 9 marzo, 2011 en Arte, Ciencia

O sobre lo humano: el cuerpo y la máquina

“[…] perhaps the meaning of being human is not to remain human at all.”
Sterlac

Exordio: de la inconsistencia de un planteamiento.

En la primera de sus Meditaciones metafísicas, René Descartes estableció una interrogante que ha cruzado perpendicularmente toda reflexión sobre el conocimiento y la realidad. En ese primer apartado de sus Meditaciones, él se pregunta por la posibilidad de encontrar un fundamento último que pueda sostener todo el conocimiento que se tiene del mundo, es decir, de encontrar la forma mediante la cual se pueda asegurar la verdad de lo que uno cree sobre la realidad. Sin embargo, Descartes palidece ante la posibilidad de que todo lo que sabe y siente no sea más que un artilugio onírico o, dicho de otra forma, que todo lo que considera como verdadero no sea más que una falsedad. El núcleo del problema radica en que, si uno intenta establecer un fundamento para lo que cree saber, siendo aun lo más sencillo como que estoy aquí, en este momento, leyendo; es imposible dar una respuesta cabal a la interrogante: ¿y cómo saber que no lo estoy soñando? Puesto que la línea que divide al sueño de la vigilia es una que se matiza de tal forma que dicha frontera se pierde en la bruma engendrada, y los sueños mismos no son más que una ilusión carente de sentido, una alucinación más aguda incluso que aquéllas que padecen los dementes (según éste filósofo); si uno no puede asegurar que no está soñando, entonces no puede asegurar que lo que conoce del mundo por medio de los sentidos es verdadero.

La encrucijada es fatal, y hasta la fecha parece más bien como un callejón sin salida. Descartes, con la elegancia que sólo pudo ser permitida en el siglo XVII, encuentra una forma de solucionar el susodicho enigma: apela a la existencia de Dios. Desde este punto de vista, lo único que nos podría asegurar que lo que sabemos del mundo es cierto, es que la bondad y perfección de Dios no puede permitir lo contrario. Pero ¿qué sucede si no aceptamos la salida cartesiana? Resulta que la pregunta no sólo no ha cicatrizado, sino que la hemorragia empaparía como fraudulenta cualquier empresa que se dedique a producir un saber sobre mundo.

Así, y tomando en cuenta solamente la historia del occidente contemporáneo, ésta discusión desembocó en la constitución de al menos tres bandos, dos de ellos sumamente atrincherados: por un lado, están los epistemólogos que se dedican obsesivamente a construir una forma de fundamentar el conocimiento; justo frente a ellos y en eterna lucha, el bando de los escépticos que se dedican a preguntarse sobre la posibilidad de dicha fundamentación; un tercer grupo, más ameno creo yo, es el que considera que todo este embrollo es más bien uno ocioso que sólo sirve para consumir fondos que bien pudieran utilizarse en otras cosas con mucho más valor.

Este preámbulo sólo tiene fuerza cuando se saca a la luz la intuición que transita por debajo: la inconsistencia de lo humano cuando se enfrenta a la realidad pero, sobre todo, la inconsistencia de su razón para dar cuenta de sí mismo. Es por demás bien sabido que el denominado Siglo de las luces elevó a la máxima categoría a la Razón; incluso la posicionó por encima de Dios. Qué sorprendente es ver como el paladín de ésta cruzada tuvo que recurrir a ese Dios menospreciado para poder completar la tarea que lo atormentaba.

Bien. Ahora me daré el lujo de saltarme unos tres siglos de historia. Cuando se ve todo lo anterior desde el crisol de éste nuevo momento, sale a colación una nueva forma de concebir una parte de eso humano que se suma a la descripción anterior: el ser humano es un animal que habla. Así, lo humano no es sólo inconsistente, sino que tiene el don poder expresar el sufrimiento que causa saberse inconsistente y, lo peor o lo mejor del asunto, es que lo puede decir de manera terrible o de formas muy bellas.

Existe una íntima relación entre la razón y el lenguaje; a grandes rasgos, la razón es producto del lenguaje y el lenguaje es posibilitado por la razón. Uno sólo puede encapsular en la conciencia lo que le acontece cuando lo enmarca en palabras; la conciencia, por tanto, es una forma de decirse a uno mismo lo que le sucede. Sin embargo, y es algo que escapó por completo a la tradición cartesiana; no por el hecho de no saber algo concientemente, eso excluido no existe. Si uno lee con detenimiento a ese vienés famoso de nombre Sigmund Freud, cae en la cuenta de que es eso que no tiene palabras lo que determina desde la oscuridad a todo aquello que se dice, o se sueña o nos hace reír. Ese mundo de las no palabras también forma parte de lo humano; habrá quienes asegurarán que incluso ese espacio es el fundamental.

Sin embargo, al posicionar el punto de fuga ahora sobre el lenguaje, las consecuencias no se hicieron esperar. Muchos sitúan éste cambio en un individuo singular, Ferdinand de Saussure y su Curso de lingüística general dictado entre 1906 y 1911; aunque vio la luz solamente hasta 1916 dentro de una publicación póstuma a cargo de varios de sus alumnos. Es interesante mencionar que este giro lingüístico, como es conocido en los ámbitos académicos, bien puede rastrearse hasta el núcleo mismo del dadaísmo, fundado también en 1916 en las tierras que vieron nacer a Saussure.

El acento sobre el lenguaje ha desembocado en varias aseveraciones que pecan de ingenuidad cuando no se comprende a fondo las consecuencias; el movimiento del construccionismo social, por ejemplo, o el más radical relativismo, se sustentan en el argumento mal entendido que funciona como conclusión de ésta nueva visión: Si el hombre es un ser de lenguaje y, al mismo tiempo, uno observa el mundo a través del lenguaje; distintos lenguajes obtendrán distintas versiones de la realidad; así, el lenguaje construye realidades. Esto, aunque parezca extraño, es algo que bien puede rastrearse en el mundo: es sencillo observar estos efectos cuando uno verifica la hipótesis de Sapir-Whorf o, simplemente, observa detenidamente las diferencias entre oriente y occidente. Ahora, del hecho de que el lenguaje pueda construir realidades distintas, incluso contradictorias, de un mismo mundo; no se sigue que cualquier realidad sea posible (conclusión de muchos de los malpensadores de éstas consideraciones). No importa cuántas realidades puedan surgir de distintas cosmogonías, el mundo sigue siendo uno.

Éste nuevo planteamiento del mundo que sustenta la posibilidad de modificar la realidad, es decir, la caída de la visión totalitaria que surge de los anteriores dogmas dominantes; ha producido un cambio en el quehacer del ser humano: ahora no sólo se sabe inconsistente, sino con la posibilidad de implementarse a sí mismo y a su mundo. En este sentido, el anterior dictado divino que llamaba a “señorear la tierra y a los animales que existen sobre la tierra”, pasó a convertirse en una nueva era de dominación: señorear al ser humano, incluso, señorearse a sí mismo y, al mismo tiempo, enfrentarse a Dios y disputarle el trono de único creador.

 

Sterlac: del cuerpo, su límite y sus espacios de existencia.

 

 

“Technology is what defines being human.”

Sterlac

A Sterlac, como a todo buen artista, es imposible definirlo o abarcarlo en su totalidad; en este sentido, si la pretensión apunta a construir una caracterización general de este artista, ello sería una empresa de entrada fallida. Sin embargo, lo anterior no impide que se puedan ir trazando líneas arbitrarias que surjan desde su trabajo para ir conformando visiones parciales de su obra. Así, es con esto en mente que en las líneas que siguen, iré trabajando algunos puntos que me fueron llamando la atención sobre su quehacer. Huelga decir que será algo más que inacabado.

En Sterlac, puedo encontrar cierta inquietud que permea toda su obra, y esta es una que apunta a preguntarse o intentar configurar y reconfigurar la interrogante por lo humano. ¿Qué es esto de lo humano? ¿Cuáles son sus límites y fronteras? ¿Es algo estable o algo que está en continuo movimiento? ¿Tiene el ser humano incidencia sobre eso humano mismo? Entonces ¿Cuál es el papel del ser humano en la configuración de eso humano?

Existen, a mi parecer, ciertos rasgos que se reiteran en la obra de este artista: la tecnología es uno de ellos; la intención de modificar y expresar los límites del ser humano y su cuerpo; sus posibilidades de expansión; la generación de nuevos espacios donde esto pueda expresarse; y una idea de evolución que permea todo lo anterior.

Para Sterlac, la tecnología es algo que le es inherente a lo humano. Ahora, por tecnología no se debe entender solamente cuestiones que se enmarcan dentro de lo contemporáneo, por ejemplo: la cibernética, la nanotecnología, las tecnologías de muerte y de vida; sino que, por tecnología se debe de entender todo lo relacionado con aquello que el ser humano utiliza como una extensión de sí, a las herramientas que él produce para mejorarse continuamente. En este sentido, lo tecnológico abarca desde la generación de instrumentos que potencian la fuerza y el alcance del brazo gracias a la posición del pulgar en la mano, pasando por la fisica-matemática que pudo marcar a generaciones y generaciones de seres humanos con malformaciones corporales debidas a la radiación, hasta llegar quizá a formas de control que ni siquiera requieren de maquinarias específicas; todo ello es tecnología.

Así, no sólo el mundo donde se mueve la información y la generación de espacios virtuales de existencia son las cuestiones en las que Sterlac se introduce por medio de su experiencia directa; sino que, también, el mismo espacio del cuerpo de sí mismo es uno donde él trabaja. Existen ciertos críticos que mencionan que Sterlac usa a su propio cuerpo como un lienzo, en realidad, Sterlac lo desmiente; él asegura que, más bien, utiliza su cuerpo porque es mucho más fácil que conseguir a alguien más, a “otro cuerpo” como él dice. Y es que, para este artista, el cuerpo es solamente una estructura objetiva, que evoluciona y es meramente impersonal. Sin embargo, él intenta explorar sus ideas mediante la experiencia directa que le otorga ese su cuerpo. Aquí podría leerse cierto seguimiento del antaño dualismo mente-cuerpo; sin embargo, Sterlac lo concibe como una visión ya superada, para él lo importante es la conectividad entre mentes, entre cuerpos, entre una mente y su cuerpo.

Es interesante mencionar que, a mi parecer, Sterlac no se encuentra dentro de aquellas ingenuidades que se pierden en el limbo de la mera virtualidad del lenguaje; Sterlac retorna una y otra vez al fundamento orgánico, y es desde el cuerpo y con el cuerpo que produce espacios virtuales de existencia. No puedo negar que existe cierto presupuesto metafísico en él basado en la idea de que, con el tiempo, la evolución misma desechará a lo orgánico por ser un límite y un estorbo; pretensión, baste decir, bien difundida por doquier. Pero, en el presente, él no construye sus ideas con eso, podría ser la intuición que está por debajo; sin embargo su trabajo se centra en eso orgánico, en el cuerpo que también forma parte de la actualidad de lo humano.

Así, es en el cuerpo donde se conectan esos dos espacios que Sterlac explora sus ideas de forma experiencial: desde sus levitaciones con ganchos que se sujetan en la piel perforada de un cuerpo que se pasea cual carne en rastro; hasta encontrarse viviendo en la virtualidad del de por sí interesantísimo fenómeno de Second Life. Sterlac trasgrede las fronteras del cuerpo, las reinventa, y construye una nueva forma de percibirse y percibir lo humano; construye espacios de existencia, implementa lo ya existente; todo ello basado en esa inconsistencia que conforma a lo humano desde el núcleo mismo de su conformación.

 




En la primera de sus Meditaciones metafísicas, René Descartes estableció una interrogante que ha cruzado perpendicularmente toda reflexión sobre el conocimiento y la realidad. En ese primer apartado de sus Meditaciones, él se pregunta por la posibilidad de encontrar un fundamento último que pueda sostener todo el conocimiento que se tiene del mundo, es decir, de encontrar la forma mediante la cual se pueda asegurar la verdad de lo que uno cree sobre la realidad. Sin embargo, Descartes palidece ante la posibilidad de que todo lo que sabe y siente no sea más que un artilugio onírico o, dicho de otra forma, que todo lo que considera como verdadero no sea más que una falsedad. El núcleo del problema radica en que, si uno intenta establecer un fundamento para lo que cree saber, siendo aun lo más sencillo como que estoy aquí, en este momento, leyendo; es imposible dar una respuesta cabal a la interrogante: ¿y cómo saber que no lo estoy soñando? Puesto que la línea que divide al sueño de la vigilia es una que se matiza de tal forma que dicha frontera se pierde en la bruma engendrada, y los sueños mismos no son más que una ilusión carente de sentido, una alucinación más aguda incluso que aquéllas que padecen los dementes (según éste filósofo); si uno no puede asegurar que no está soñando, entonces no puede asegurar que lo que conoce del mundo por medio de los sentidos es verdadero.

 

La encrucijada es fatal, y hasta la fecha parece más bien como un callejón sin salida. Descartes, con la elegancia que sólo pudo ser permitida en el siglo XVII, encuentra una forma de solucionar el susodicho enigma: apela a la existencia de Dios. Desde este punto de vista, lo único que nos podría asegurar que lo que sabemos del mundo es cierto, es que la bondad y perfección de Dios no puede permitir lo contrario. Pero ¿qué sucede si no aceptamos la salida cartesiana? Resulta que la pregunta no sólo no ha cicatrizado, sino que la hemorragia empaparía como fraudulenta cualquier empresa que se dedique a producir un saber sobre mundo.

 

Así, y tomando en cuenta solamente la historia del occidente contemporáneo, ésta discusión desembocó en la constitución de al menos tres bandos, dos de ellos sumamente atrincherados: por un lado, están los epistemólogos que se dedican obsesivamente a construir una forma de fundamentar el conocimiento; justo frente a ellos y en eterna lucha, el bando de los escépticos que se dedican a preguntarse sobre la posibilidad de dicha fundamentación; un tercer grupo, más ameno creo yo, es el que considera que todo este embrollo es más bien uno ocioso que sólo sirve para consumir fondos que bien pudieran utilizarse en otras cosas con mucho más valor.

 

Este preámbulo sólo tiene fuerza cuando se saca a la luz la intuición que transita por debajo: la inconsistencia de lo humano cuando se enfrenta a la realidad pero, sobre todo, la inconsistencia de su razón para dar cuenta de sí mismo. Es por demás bien sabido que el denominado Siglo de las luces elevó a la máxima categoría a la Razón; incluso la posicionó por encima de Dios. Qué sorprendente es ver como el paladín de ésta cruzada tuvo que recurrir a ese Dios menospreciado para poder completar la tarea que lo atormentaba.

 

Bien. Ahora me daré el lujo de saltarme unos tres siglos de historia. Cuando se ve todo lo anterior desde el crisol de éste nuevo momento, sale a colación una nueva forma de concebir una parte de eso humano que se suma a la descripción anterior: el ser humano es un animal que habla. Así, lo humano no es sólo inconsistente, sino que tiene el don poder expresar el sufrimiento que causa saberse inconsistente y, lo peor o lo mejor del asunto, es que lo puede decir de manera terrible o de formas muy bellas.

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