La Filosofía de la Ciencia como Acción Política

Publicado: 4 noviembre, 2010 en Ciencia, Política

[Conferencia dictada en el I Coloquio de Historia Social de la Benemérita Universidad de Puebla, octubre de 2010]

“…cualquiera que disponga de los medios para contribuir, poco o mucho, a cambiar las cosas y no lo haga se torna cómplice de su mantenimiento.”
Tomás Ibáñez (Ibáñez, 1993: 20)

Prefiguración

La Ciencia ha sido caracterizada desde sus inicios contemporáneos sobre los cimientos de la objetividad y la neutralidad. Aunque en la actualidad habemos quienes ya hemos desechado aquella falsedad; cuatro siglos después, aun existen personas perpetuando aquel linaje espiritual. Y no es trivial que saque a colación lo de la espiritualidad puesto que, cuando Ronald Giere escarba aquéllos inicios, encuentra que dos perspectivas jugaron un papel esencial en la cosmovisión de esa Ciencia: la teología y la matemática (Giere, 1995: 125). En este sentido, Tomás Ibáñez no estaba muy alejado de la realidad cuando afirmó que, al paso de los siglos, el «tribunal celeste» del discurso religioso solamente había cambiado de disfraz, y ahora se presentaba como el «tribunal de los hechos» del discurso científico, tan lejos de la sociedad como ajeno a toda acción política de los individuos (Ibáñez, 2001: 139) y que, por lo tanto, constituía otro de los nombres de Dios (Ibáñez, 2005: 160).

Sin embargo, en las siguientes líneas no busco discutir más o fondo las reflexiones anteriores, la literatura sobre éstos temas es abundante. Más bien, en lo que respecta a la charla que ahora presento, me centraré en una de las posibles consecuencias que ésta cosmovisión ha causado en el quehacer filosófico y científico sobre la Ciencia; consecuenciasque han estado un poco veladas a mi parecer.

Diferenciación: lo Político en la Ciencia y la Política en la Ciencia

Quisiera comenzar con ciertas distinciones que considero sumamente pertinentes. Esto lo hago porque, en general, las reacciones que suscitan hablar de política –y más aun, de política en la Ciencia- son reacciones que, en la mayoría de los casos, se pueden percibir como gestos de horror o asco. Quisiera pensar que éstas reacciones están condicionadas por el contexto político del país, más que por otras razones.

Tomás Ibáñez distingue dos dimensiones: lo político y la política. Esto lo hace en los siguientes términos:

a)      Lo político “está siempre presente en todos los tipos de sociedad […] remite a las instancias de poder que se oponen a la entropía social, que mantienen la cohesión social y que controlan y producen los significados que constituyen a los sujetos como miembros de una sociedad en particular, definiendo la naturaleza y la forma en que toma el vínculo social en esa sociedad” (Ibáñez, 2001: 163).

b)      La política, en sentido opuesto, no está siempre presente en toda sociedad. La posibilidad de la política “surge cuando se torna pensable la posibilidad de incidir sobre «lo político»” (Ibíd.: 164).

Yo agregaría una tercera dimensión a las anteriores:

c)      La politiquería partidista o, como Jorge Juanes nombró: la política de los políticos.

¿Y esto qué tiene que ver con la Ciencia?

Karl Popper en 1961, durante aquel afamado congreso de Tübingen donde se enfrentó junto con su delfín Dahrendorf a Theodor Adorno y el suyo (que era nada más y nada menos que Habermas), en ese episodio, Popper, distingue dos tipos de problemas que debe de tomar en cuenta toda crítica que busque “la objetividad” científica (Popper, et al., 1961: 26):

a)      El problema de la verdad de una afirmación; el de su relevancia, de su interés y su significado respecto de los problemas que en ese momento nos ocupan.

b)      El problema de su relevancia, de su interés y su significado en relación con diversos problemas extracientíficos, como, por ejemplo, el problema del bienestar humano o el de la naturaleza muy distinta de la defensa nacional, el de una política nacional agresiva, el del desarrollo industrial o el del enriquecimiento personal.

Y agrega justo a continuación:

Es, por supuesto, imposible excluir tales intereses extracientíficos de la investigación científica; y no deja de ser imposible excluirlos tanto de la investigación científico-natural –de la física, por ejemplo-, como de la científico-social.

Lo que es posible e importante y confiere a la ciencia su carácter peculiar no es la exclusión, sino la diferenciación entre aquellos intereses que no pertenecen a la búsqueda de la verdad y el interés puramente científico por ésta (Ibíd.: 26 y 27).

Ahora, dentro de éste contexto, lo político –tal como lo dibujé en las líneas anteriores-, no es un problema extracientífico; al contrario, es uno que se encuentra en el corazón mismo de éste quehacer; si no fuera de esa forma, no existiría algo así como la Ciencia y su Institución. Desde el punto de vista de Popper, la verdad, la relevancia, el poder explicativo, etc. serían los componentes de eso político en la Ciencia. Ahora, aquí viene lo interesante: ¿y la política en la Ciencia? pero sobre todo, ¿y la politiquería partidista en la Ciencia?.

Creo que empezar por reflexionar sobre la política de los políticos es más sencillo. Considero que la gran mayoría podría asegurar que ésta es un problema extracientífico; pero que quede claro que eso dependería de cómo se concibiese al quehacer científico. Si asumimos la postura popperiana, por ejemplo: sí, claramente la politiquería partidista sería un problema extracientífico. Pero quiero resaltar la cláusula que hace las veces de antecedente en ésta relación bicondicional: “si asumimos la postura popperiana”, si, y solamente si, la asumimos.

Y bien, ¿y la política? Bueno, creo que esto podría malentenderse; reformulando la pregunta para que pueda verse con mayor claridad quedaría algo así: ¿y la posibilidad de la política dentro de la Ciencia? Asumiendo que Sir Karl Popper tuviese razón, dentro de la Ciencia no existiría algo así como una posibilidad de la política; es más, ni siquiera sería un problema extracientífico: «todo es refutable menos el método de la refutación»; grosso modo, ésta oración circunscribiría la problemática. Pero ¿qué pasa si pensamos en la posibilidad de modificar esos estándares que surgen de la imposición metodológica de Popper? Entonces, sí existiría la posibilidad de la política dentro del quehacer científico, posibilidad que apuntaría a incidir directamente sobre eso político de la Ciencia (sobre las ideas de verdad, objetividad, neutralidad, etc.). Así, no sólo la política sería un problema meramente científico, sino que la filosofía de la ciencia sería la punta de lanza de esa campaña de conquista. Ahora bien, la buena filosofía de la ciencia, cabría acotar.

La Filosofía de la Ciencia como Acción Política

Hasta ahora me he circunscrito dentro del ámbito de la Ciencia. A grandes rasgos, lo que sostengo implica pensar en la necesidad de hacer política dentro de la Ciencia, es decir, de lograr la posibilidad de incidir directamente sobre eso político que la conforma y, con ello, poder revisar, evaluar y rectificar los estándares y criterios científicos que son más bien como dogmas que uno tiene que rezar antes de ponerse una bata blanca.

Lo anterior podría sonar como una caricatura de la Ciencia; pero ese legado espiritista continúa, créanme, sobrevolando los pasillos del quehacer científico.

Ahora, esto sólo lo he más o menos esbozado para que hiciera las veces de prolegómeno al tema que en verdad me convoca. Hace unas pocas líneas, hice la distinción entre lo político, la política y la politiquería partidista; sin embargo, el título de ésta charla versa: “La Filosofía de la Ciencia como Acción Política”. Dentro de ésta mismo línea, la acción política surge cuando la posibilidad de la política está ya planteada. Pero lo realmente de interés es señalar dentro de qué ámbito sería donde la acción política incidiría. Como dije anteriormente, es oportuno poder pensar en una acción política dentro de la Ciencia; pero mi interés real es llevar a cabo una acción política dentro de la sociedad.

La cuestión de la acción es algo que he estado trabajando mucho últimamente. A grandes rasgos, debido a que mi formación en la UNAM me ha llevado a volverme muy quisquilloso en cuestiones teóricas pero, cuando salgo al mundo real, es muy fácil darse cuenta que esa quisquillosidad teórica sirve para tres cosas. He estado alrededor de seis meses trabajando sobre una Asociación Civil, redactando reglamentos, misión, visión, estatutos, etc. La verdad es que todo ello no lo hubiera logrado si no me asistía de un grupo de jóvenes cuya A. C. se hace llamar Participando por México. En realidad, este grupo de personas comparten algunas de mis ideas; sin embargo, estudiaron en el ITAM, en el CIDE, etc. En su formación, al contrario de la mía, no había algo así como una quisquillosidad teórica muy profunda; pero ¡si vieran qué habilidad tenían para los negocios y la política!. La moraleja de todo esto, como siempre, no es ser ni de un lado ni de otro, sino buscar algún tipo de equilibrio entre ambos extremos. Así, el grupo de investigación con el que trabajo nos impusimos algo que creativamente llamamos I+D+A (Investigación, Diseño y Acción) que, a grandes rasgos interdice la investigación por la investigación misma y, por lo tanto, enfoca todo ese potencial a investigaciones que tengan como fin una incidencia tangible en lo social. De ahí que mi proyecto de Maestría esté englobado dentro de este marco y que mi tesis sea una que pueda realmente aplicarse como acción social; no como mi tesis de licenciatura que solamente sirve para adornar mi librero.

Esta postura de la teoría por la teoría misma, o de la investigación meramente teórica, es una de las posibles consecuencias a las que hacía mención en un principio. Pensar que uno puede realizar investigaciones desde una perspectiva neutral y que éstas a su vez carecen de una tendencia marcada (como por ejemplo, pensar que los resultados de una investigación son de una pureza tal que sólo aquel hombre malvado que los utiliza para fines bélicos es el responsable de las consecuencias que tengan en lo social); sostener ésta postura, reitero, es estar negado neuróticamente el carácter político y social que al conocimiento científico le es inherente. Las personas dedicadas a la Academia que sostienen dicha neutralidad van desde aquellos que realizan alguna investigación y la dejan en el estante para ver quién le puede encontrar alguna utilidad, hasta aquellos que trabajan para el Gobierno construyendo armas cada vez más sofisticadas y que, arguyen, ellos no tienen la culpa del uso que la gente les dé; al contrario, que solamente están contribuyendo al avance científico y que si lo que producen es utilizado para  masacrar personas es una cosa muy distinta.

Es por lo anterior que he considerado sumamente pertinente desmitificar el trabajo científico; pero esto no implica solamente develar su ausencia de leyes universales, su carencia de verdades absolutas e ir mostrando a cada momento sus limitaciones; mi apuesta apunta a demostrar el carácter político de este quehacer. Si los estándares de la Ciencia como Institución, es decir, eso político que la conforma, se modificasen y adecuaran más a la realidad de su práctica cotidiana, incluso la politiquería partidista dejaría de ser un problema extracientífico (como en realidad no lo es). Aquí ejemplos hay muchos, desde la afamada falsedad del Genoma del Mexicano que su presidente exhibió como un gran avance; hasta los contratos que el Estado Mexicano firmó por debajo del agua con una farmacéutica francesa para que ella realizara y vendiera en México las vacunas contra la influenza, etc.

Cuando uno devela que la politiquería partidista puede también encontrarse en el centro del quehacer científico académico de esta Institución llamada Ciencia; entonces uno ya no se siente defraudado por los resultados negativos o nimios que el conocimiento científico pueda traer a la sociedad; y si digo que uno no se sentiría defraudado es porque, en principio, si uno se dedica a éstas cuestiones, tiene parte de la responsabilidad de que haya surgido así. Alguien podría argumentar que esto ya es hacer política, y sí; pero recuerden que una posición apolítica es una posición política (aquí sí nada que ver con el partidismo). Y mejor veamos el otro lado; cuando uno asume que su quehacer es uno politizado, independientemente de que se quiera así o no, uno entonces puede empezar a utilizar esos medios también para buscar incidir realmente con un cambio en la sociedad. Durante mucho tiempo la política ha usado a la Ciencia; ya es el momento de que la Ciencia utilice a la política.

Hace unos meses en una charla que tuvimos con León Olivé le pregunté si era suficiente realizar investigaciones multidisciplinarias que se enfocaran en resolver los problemas sociales que afectan a nuestro país; su respuesta fue que obviamente que no. Así mismo, aseguró que era necesario hacer mucho más cosas fuera de la Academia para poder lograr incidir en lo social, es decir, es necesario hacer política.

¿Y qué tiene que ver la Filosofía de la ciencia con esto?

Bueno, seguramente han escuchado y visto en la televisión anuncios que dicen que algún medicamento es cien por ciento natural y está científicamente comprobado; un filosofo de la ciencia como yo les contestaría: bueno, también el cianuro es cien por ciento natural y la bomba atómica estuvo científicamente comprobada.

Referencias

Giere, R. (1995) The skeptical perspective: Science without laws of nature. En: Weinert, F. (ed.) Laws of Nature: Essays on the Philosophical Scientific, and Historical Dimensions.

Ibáñez, T. (1993) Dimensión política de la Psicología Social. Revista Latinoamericana de Psicología, 25 (1).

_______ (2001) Municiones para disidentes. España: Gedisa.

_______ (2005) Contra la dominación. España: Gedisa.

Popper, K. et al. (1961) La lógica de las ciencias sociales. México: Colofón.

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