El Psicoanálisis… y sus expertos

Publicado: 9 julio, 2010 en Ciencia
Para llegar a las profundidades, no es necesario viajar muy lejos;
en realidad, para ello no se requiere que abandones tu entorno
inmediato y acostumbrado.
Ludwig Wittgenstein, 1980 (n. 371)

Quisiera comenzar con una puntualización: no voy a decir nada nuevo. Ahora, de esto no se sigue que al ustedes escucharme no se produzca algo insólito; al menos esa es mi apuesta. La estratagema que utilizaré para esta conferencia es sencilla: simplemente trasladaré la actitud y, por lo tanto, el método de un personaje de la Filosofía de la ciencia al espacio del Psicoanálisis. Por eso no es nada nuevo; pero no deja de ser algo aventurado. De quien me serviré para este efecto responde al nombre de Paul Karl Feyerabend.

De este personaje singular podría decir que fue un físico-filósofo-cantante de ópera-actor-vienés-astrónomo; y lejos aun estaría de abarcarlo. Pero eso no tiene importancia por ahora; lo único que tomaré de él es un texto que intituló Expertos en una sociedad libre que, a su vez, es una versión más completa y formal de una nota al pié que apareció en su ya conocido artículo de 1970: Contra el método.

En esta nota al pié-texto recopilado, Feyerabend comienza citando algunos apartados de Galileo, Kepler y Newton donde lo que busca es llamar la atención sobre el estilo de escritura de éstos personajes. Por ejemplo, Galileo en uno sus primeros textos de observación, comienza describiendo su historia personal, esa que lo llevó a observar con «auténtica admiración» a la Luna y sus depresiones; dicho asombro lo llevó a dibujarla con la mayor precisión posible. Kepler por su parte, quien fue uno de los primeros en leer el trabajo de Galileo, comenta su experiencia en términos de asombro y comienza a divagar sobre los seres que posiblemente vivían en la Luna y la forma en la cual imprimían sus particularidades sobre ella. Newton o, «el espantoso Newton» como Feyerabend le llama, en su trabajo sobre los colores escribe: “El ver los colores que de este modo se habían producido, colores vivos y fuertes, me causó un vivo deleite que se convirtió en profunda admiración” (citado en: Feyerabend, 1980: 35; el énfasis mío).

«He observado», «he visto», «estaba sorprendido», «estoy asombrado», «estaba encantado»; ésta es la manera en    que uno se dirige a un amigo o en todo caso a un ser humano vivo […]

Recuérdese que éstos informes tratan de la Naturaleza, de la fría, objetiva, «inhumana e inanimada Naturaleza», que se está hablando de estrellas, prismas, lentes y Luna, y, sin embargo, ¡de qué manera tan viva y fascinante describen lo que vieron y contagian así al lector del interés y la tensión que ellos mismos, los descubridores, sintieron, cuando se internaron por primera vez en ese mundo todavía desconocido! (Ibíd.: 34 y 35).

La astucia de Feyerabend comienza cuando compara este estilo con el de un best-seller contemporáneo a esa época: La respuesta sexual humana de Masters y Johnson. La tendencia se sigue con claridad: aquí ya se habla de seres humanos, no de rocas, pero específicamente se habla del ejercicio sexual de los seres humanos; se habla de orgasmos, de posiciones, de hombres y mujeres que se aman –supuestamente-, de una actividad por demás placentera, interesante y no menos intrigante. Los expertos Masters y Jonson escriben al respecto:

«En vista del superresistente impulso gonadal del hombre no deja de ser raro que la ciencia muestra tan singular timidez en ésta cuestión fundamental de la fisiología del sexo» […] «Normalmente, sólo una activa sesión de masturbación termina en el agotamiento físico» […] «El hombre será infinitamente más efectivo si anima a su compañera a que verbalice» (citado en: Ibíd.: 36 y 37).

«Infinitamente más efectivo». No me puedo imaginar eso (sobre todo porque viene de voces científicas neutrales que no juegan a la poesía). Pero bueno, por otro lado, Feyerabend dice al respecto: “Este ya no es un lenguaje humano. Es el lenguaje de los expertos. Obsérvese que se ha abandonado el lenguaje plástico” (Ibíd.: 36; el énfasis es mío). Y se ha sustituido por una jerga especializada, completamente fría e impersonal, que se aleja mucho –no sé qué piensen ustedes-, de la experiencia real.

Se levanta un muro entre el escritor y su lector, y no por falta de conocimiento, no porque no se sepa quién es el lector, sino simplemente para formular aserciones que estén de acuerdo con un determinado ideal de objetividad profesional. Y es este idioma feo y desarticulado el que aparece por doquier y asume las funciones de las descripciones más claras y sencillas (Ibíd.: 36).

En este estilo no hay un sujeto implicado, todo se redacta desde la “neutralidad” de la tercera persona que, ahora que lo pienso, es lo que hacían los profetas. Bueno, ellos no hablaban en tercera persona -los profetas sí eran grandes poetas y líricos-, sino la maniobra de sostener su decir sobre el argumento del médium y sostener que ellos son solamente la herramienta humana de Dios. En el ejemplo que ahora trato, ellos –los expertos- serían la herramienta de la Verdad y la Ciencia (a pesar de ser seres humanos).

Esta preocupación por el lenguaje -Feyerabend no lo dice pero yo lo infiero-, podría obedecer a su veta wittgensteiniana (si es que se puede decir que existe una veta wittgensteiniana). Recordemos que desde las Investigaciones o, más específicamente en Las observaciones sobre la filosofía de la psicología, Wittgenstein comienza a desmenuzar, con su más que rigurosa disciplina de pensamiento, todas las implicaciones que para el sujeto tiene el lenguaje que utiliza. Para decirlo de forma sencilla, por ejemplo, comparen a Juan Rulfo que, según se dice, hablaba como escribía:

El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo.

Por un rato, el viento que soplaba desde abajo nos trajo un tumulto de voces amontonadas, haciendo un ruido igual al que hace el agua crecida cuando rueda sobre pedregales (Rulfo, 1953: 58).

Ahora, compárenlo con alguna declaración que haya hecho Cuauhtémoc Blanco, por ejemplo. ¿El uso del lenguaje no tiene que ver con la persona que lo habla? Lo más interesante son las implicaciones ontológicas de cualquier uso del lenguaje; pero esto, a pesar de estar dentro de la argumentación que pienso esgrimir, lo dejaré de lado por el reducido espacio.

Bueno, hasta aquí Feyerabend, la ciencia y su filosofía. Introduzcámonos en el mundo del Psicoanálisis. Escuchemos qué tiene que decirnos Leonardo Gorostiza, Analista Miembro de la Escuela tanto de la Asociación Mundial de Psicoanálisis como de la Escuela de Orientación Lacaniana:

En una época en que todo parece desvanecerse en el aire y las metáforas de lo líquido se multiplican indicando la crisis de lo real donde el sujeto contemporáneo se pierde inmerso en un mundo de semblantes, ¿qué estatuto dar a la inconsistencia del Otro caracterizada por Lacan? ¿Acaso esta perspectiva supondría una contribución desde el psicoanálisis al relativismo contemporáneo que no cesa en anunciar una evaporación de lo real?

Como es sabido, no se encuentra en la enseñanza de Lacan un solo estatuto del Otro, sino dos. Primero, un estatuto del Otro unitario y consistente; luego, uno inconsistente, donde el Otro prosigue notado con la letra A pero ahora afectada con una barra (/A) que señala que este Otro está en déficit, en extinción, aquejado por una falta o incluso que carece de existencia. Tal es uno de los sentidos a dar a la famosa sigla que señala la inconsistencia del Otro, S(/A): el significante que queda cuando el Otro se desvanece. (Gorostiza, año indeterminado).

¿Qué? Yo no sé ustedes, pero cuando yo leo a Freud, su estilo pasa directo sobre todas mis barreras y me toca el alma. Realmente, lo que hace que yo detenga mi lectura de Freud son sus palabras que hacen las veces de cachetadas que me atarantan, no su ininteligibilidad. Leo a Gorostiza y bueno, otra es la razón que me detiene.

Aquí me podrían argumentar que ese era el estilo de Lacan. Pero vayamos por partes: a) Lacan no creó el Psicoanálisis; b) Lacan no descubrió el Psicoanálisis; c) Lacan no agregó nada al Psicoanálisis (salvo, quizá, el objeto a, como dicen que dijo). Ahora, esto no implica que Lacan no haya sido una persona brillante; tampoco oculta que su estilo oscuro y gongorino no haya tenido un fin por demás específico -y tanto más político-; por lo tanto, esto lo enmarca dentro un contexto determinado y hace, por lo demás, que cualquier intento de copiar y/o reproducir su estilo esté fuera de todo sentido común y elegancia; es decir, no sería más que una repetición vulgar. Ahora, Lacan sí escribía así, en sus Escritos; pero era muy diferente en sus Seminarios y sus conferencias. Por ejemplo, citaré la conclusión de una conferencia que Lacan dictó en la Facultad de Medicina de Estrasburgo y que Miller intituló Entonces, habrán escuchado a Lacan (y que sí, la cita es indudablemente una pedrada):

¡Cuán irrisoria es la voracidad con la que algunos que escuchan lo que enseño desde hace tantos años ya se abalanzan sobre mis fórmulas para hacer con ellas articulitos, pues no piensan más que en engalanarse con mis plumas, y todo para presumir de haber hecho un artículo con fundamento! Nada es más contrario a lo que se trataría de obtener de ellos […] (Lacan, 1968: 143; el énfasis es mío).

Pero bueno, dejemos aquí a los extranjeros y enfoquémonos en los mexicanos.

Existe un revista que creo ustedes deben de conocer. Se llama non nominus y es de Guadalajara. Me parece que surge de la Red Analítica Lacaniana; pero no estoy muy seguro. Ahora, de principio, existen dos cosas que quisiera mencionar sobre ésta revista: primero, la terrible y garrafal falta que cometen al querer nombrar en latín su revista: non nominus (supongo que para darle cierto caché). Nominus no es una palabra que exista en latín; puedo presuponer que su idea de nombre para la revista sería intitularla sin nombre (¡qué original!). Y, en este sentido, hablando correctamente o, al menos, verificando en Google la correcta traducción al latín de nombre, la revista debiera llamarse sine nomine, no non nominus.

Ahora, veamos el título que otorgaron a su cuarto número (del año 2006):

TUe MUERTE O IN-MORTAL-deIDAD (sic)

Creo que el concepto kitsch (en todas sus variables acepciones) embonaría perfectamente a la descripción que busco hacer del título de la revista. Claro, eliminando ese matiz artístico que el Arte como Institución otorga a cualquier cosa que pueda ser mercantil. Ahora, creo que todos sabemos que esa manía de dividir con guioncitos y combinar palabras para producir algo nuevo fue oriunda de la etapa en la que Lacan se engolosinó con James Joyce, es decir –y reiterando-, había un fin muy específico. Vaya, Lacan no lo hacía para que se viese bonito su texto (mucho menos para aparentar algo que no era), existía todo un concepto detrás. La crítica sobre lo estético o no de la forma de expresión de ese Lacan tal vez no sería atinente cuando se contextualiza (a mí en lo particular me parece desagradable; pero esa es una posición muy personal). Pero, el refrito del refrito (del refrito, del refrito, etc.) de eso de poner guioncitos, y que se percibe sin más en los de sin nombre, bueno ya no sólo sería kitsch, se le agregaría un tono naïf-Rococó siglo XXI que está por demás lejos de toda elegancia (si continuo con esta digresión curatorial).

¿Qué es lo que se busca aparentar? El ornamento, sabemos, es una de las armas que la seducción femenina utiliza para pervertir a su víctima. Ahora, si no toco esa vía y me vulgarizo (utilizando aquel artificio retórico de una de las celebridades de la Facultad de Psicología), viene a mi mente la conocida frase: Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

Esto no es trivial, sobre todo cuando me posiciono sobre el discurso psicoanalítico actual en México; bueno, el discurso psicoanalítico que se distribuye por los ámbitos académicos, cabría acotar. Si uno lee las conferencias freudianas -por poner algún ejemplo-, puede dar muy bien cuenta de que son unas charlas sencillas dirigidas a personas de carne y hueso, gente con sentimientos, sueños y equívocos (es de ahí justamente que adquieren su fuerza). Éstas conferencias, a pesar de ser dictadas en “importantes” Universidades, estaban expresadas en un lenguaje claro y sencillo, buscaban sobre todo la comprehensión –y no el adorno y engalane. Freud mismo ejercía el Psicoanálisis en la carnicería, en el vagón del tren, en el parque después de comer; no necesitaba ni de un diván, ni de cincuenta minutos exactos, ni de una cuota estándar, mucho menos de un aula de la Facultad de Filosofía de la UNAM; era un quehacer por demás cotidiano y natural (a pesar de ser completamente artificial). El estilo de Lacan era muy distinto, me podrán decir; pero hay que recordar que un París de los años sesenta dista mucho de la Viena de principios del siglo XX (y más aun de la Ciudad de la Esperanza en pleno inicio del XXI). La atmósfera y todo el ambiente cultural actual es radicalmente distinto, el estilo, por tanto, no puede ser una vil copia que, a parte, es de mal gusto.

¿Cuál debería ser el estilo? Se me podría preguntar. “Quién sabe”, sería mi más pronta respuesta. Ese es el problema justo que deben atajar los analistas mexicanos. Lo que sí, este estilo que no sé cuál es, tampoco deberá responder al estilo argentino (ni al de Guatemala, Miami o Bogotá). Si lo que se percibe en la historia del arte en México es una constante y continua pregunta por la identidad; creo que los analistas mexicanos deberían encaminarse a eso mismo. Al menos, esa es mi propuesta.

Referencias

Gorostiza, L. (año indeterminado). Inconsistencia. Recuperado: 2010, 21 de junio, En: http://www.wapol.org/es/articulos/TemplateArticulo.asp?intTipoPagina=4&intEdicion=2&intIdiomaPublicacion=1&intArticulo=1803&intIdiomaArticulo=1&intPublicacion=13

Feyerabend, P. (1980) Expertos en una sociedad libre. En: Feyerabend, P. (1980 – 2003) ¿Por qué no Platón? España: Tecnos.

Lacan, J. (1968) Entonces, habrán escuchado a Lacan. En: Lacan, J. (2005 – 2007) Mi enseñanza. Buenos Aires – Barcelona – México: Paidós.

Rulfo, J. (1953 – 2000) El llano en llamas. Barcelona: Anagrama.

Wittgenstein, L. (1980 – 2006) Observaciones sobre la filosofía de la psicología. Volumen I. México: IIF, UNAM

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comentarios
  1. Homero dice:

    Hasta el día de hoy, la mejor definición de lo “Kitsch” la he encontrado en Kundera quien la define como un estado de transición entre el ser y el olvido. Pero naif-Rococó me parece la mejor forma de indicar este interesante fenómeno snoobista (a mi parecer) que señalas.

    Que Lacan se retorciera está bien, es Lacan. Pero que sus seguidores se retuerzan… es como los niños de primaria que imitan coreografías de Michael Jackson para el festival del día de las madres, y efectivamente ese es el signo más concreto de los ídolos y sus seguidores. Y es verdad que aquél amaneramiento lacaniano es por demás molesto excepto en Lacan.

    Últimamente he tenido la suerte de convivir con muchos de esos fans, no sólo mexicanos, y la mala es que este naif-rococó es internacional. Pero teniendo la paciencia suficiente para escucharlos y observarlos en sus vidas cotidianas, me he dado cuenta de una constante en varios de ellos que no sé si tú la compartas:

    1. Son bien miedosos ante cualquier situación de la vida, sobretodo ante lo que pueda ser diferente a ellos, les cuesta tomar decisiones y ser firmes y se mantienen en su pequeña plataforma-burbuja de seguridad.

    2. Su forma de acercarse a un texto es muy particular. Uno puede enfrentarse a un texto minimamente de dos maneras: como una obra que muestra una forma de pensar (que implicaría incluso discutirla y en algunos casos reformular la propia) o bien, como una constitución que indica cómo pensar (hasta en el reducido mundo de los lectores hay niveles pues) y tal pareciera que mucha gente cuyo discurso es amaneradamente lacaniano toma esta segunda opción, que por cierto combina muy bien con el primer elemento que te comentaba.

    Las implicaciones teóricas, metodológicas y prácticas estallan ante este tipo de posturas y se acerca mucho a actitudes negligentes en todos los espacios de interacción que, de la misma forma que de la vida, no se enteran que se arriesgan (o nos arriesgamos, no siempre podemos estar del otro lado) mucho y ponen en peligro incluso una forma de vivir como es el psicoanálisis.

    Cuando los escucho o leo y mi mente corrosiva da vueltas, pienso que por demás es fácil caer en este tipo de posturas pues, además de que Lacan es muy seductor, ponernos en el papel de ese “sujeto del supuesto saber” tiene una carga narcisista fuerte (es como si hablaran con dios) y parte de la negligencia incluye el relativo poder de juzgar al otro. Como anécdota, mis compañeros más lacanianos van a análisis (leen a Lacan) y con ambas acciones toman una bandera de sanidad mental digna de medalla olímpica de oro.

    Yo que soy un enfermo perverso mental disfruto más de leer a Freud también. Pero bien visto, todo esto que te comento apunta a un aspecto muy particular que es justamente la inseguridad del discurso, porque cuando uno es inseguro de lo que piensa tiende a revolver las ideas; cuando uno es inseguro de lo que hace, tiende a imitar y, sobretodo, cuando uno es inseguro de lo que dice, tiende a repetir lo que ha leído y, un autor que se revuelve y/o imita, lo que demuestra es que no tiene muy clara su idea.

    No es un fenómeno particular del psicoanálisis francés, después de Lacan hay un Laplanche que es muy claro (con independencia ahora del contenido, estamos en el estilo) pero sí creo que es un fenómeno particular del fanatismo y, como muy bien sabemos, a ese hay que tomarlo con cuidado.

    Pero por otro lado, tampoco está tan mal este fenómeno. No todos los frutos se convierten en árboles y, como fenómeno de divulgación científica tiene su encanto si y sólo si hay quienes también produzcan y desarrollen otras o nuevas o más profundas fronteras del psicoanálisis; no obstante me parece que es muy pronto para dar cuenta de esta otra CONTRAFORMA que hace falta pero no por ello se encuentra ausente!

    Bueno pues estamos en contacto y por cierto, aprovecho este comentario para mandarte un fuerte abrazo por tu cumpleaños.

    Hasta pronto!

    Homero

    • Tonatiuh dice:

      Tienes razón; sin embargo, me gustaría hacer sólo una puntualización.

      Bueno, antes de ello, en lo que respecta al punto (1) yo creo que es difícil generalizar. Aunque, es cierto, lo que describes no está muy alejado de la realidad y creo que pasa con cualquier discurso (lo que haría que no sea éste el punto principal de la crítica); el acento, más bien, yo lo posicionaría sobre las personas y sus actitudes, como bien haces en destacar. Ahora, en lo que respecta particularmente al psicoanálisis, bueno, no cualquiera cae en sus enredos; se necesita algo peculiar en nosotros que nos lleve a orillarnos a semejante forma de vivir (y no necesariamente algo bueno, claro está).

      En lo que respecta a (2), sí, creo que es algo que debiese de avergonzarnos; por lo menos a quienes nos apasiona el sendero freudiano (que, dicho sea de paso, dista mucho de ser lecciones sobre el cómo pensar). Pero bueno, son los huecos con los que nos tenemos que topar.

      La única puntualización que me gustaría hacer es que no hay que perder de vista que el psicoanálisis no es solamente una teoría, o un discurso, o un grupo de supuestos. Yo apostaría que el fundamento del psicoanálisis es la clínica y, por lo tanto, que en su quehacer cotidiano se entremezclan personas que sufren y uno no se puede dar el lujo de tomar la actitud que estoy criticando. Ese balbuceo podría estar bien (y reitero, podría) en la filosofía, donde solamente un puñado de expertos padecen por sus intereses; no así en la clínica, donde el punto de partida es una ética, y no una forma de ver el mundo.

      Saludos.

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